«El día que el médico nos comunicó tu diagnóstico, sentí miedo. No porque hubiera dejado de amarte. Tenía miedo porque comprendí que nos esperaba un camino difícil y que yo apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie».
«Pero esa no fue la única razón por la que me marché».
Me quedé inmóvil.
«Unas semanas antes de tu nacimiento, los médicos descubrieron que padecía una grave enfermedad cardíaca. Me dijeron que el embarazo y el parto podían empeorar considerablemente mi estado. Después de que nacieras, mi salud se deterioró aún más. Perdía el conocimiento con frecuencia y, un día, un médico me dijo directamente que quizá no sobreviviría a otra crisis».
Levanté la cabeza y miré a nuestra vecina.
Estaba llorando.
—¿Es verdad? —susurré.
Ella asintió lentamente.
—Estuve con ella en el hospital. No quería contarle a nadie lo grave que era realmente su situación.
Volví a bajar la mirada hacia la carta.
«Vi cómo mirabas a nuestro hijo. Ya entonces lo amabas con todo tu corazón. Me decías que lo superaríamos juntos, que encontraríamos médicos, especialistas y que aprenderíamos todo lo necesario».
«Quería creerte. Pero sabía que podía morir. Tenía miedo de que algún día te quedaras solo con un niño que necesitaría apoyo especial y tuvieras que dividir tu tiempo entre el trabajo, los hospitales y sus cuidados».
«Cometí un error terrible. En lugar de confiar en ti y permitirnos afrontar todo aquello juntos, decidí que mi desaparición te facilitaría la vida. Me convencí de que nuestro hijo tendría todo lo que necesitaba si tú no tenías que ocuparte también de mí».
Durante unos segundos dejé de respirar.
La carta explicaba que mi esposa se había marchado a otra ciudad para vivir con su hermana y recibir tratamiento. Quería regresar cuando su salud mejorara, pero la enfermedad resultó ser mucho más complicada de lo que había imaginado.
Entonces leí unas palabras que me rompieron el corazón.
«Sé que me odiarás. Quizá nunca me perdones. Pero, por favor, no pienses jamás que me marché por nuestro hijo. Cuando escuché su llanto por primera vez, lo amé tanto que empecé a tener miedo de no llegar a verlo crecer».
«No te pido que me excuses. Solo te pido una cosa: algún día dile que su madre lo amó desde el primer segundo de su vida».
Las últimas líneas se volvieron borrosas ante mis ojos.
