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—Tal vez algún día pueda recordar nuestra historia sin que me duela. Pero perdonarte no significa que tenga que volver contigo.
Asintió.
Por primera vez no discutió ni intentó convencerme.
Nos despedimos sin abrazarnos.
Y aunque sentí tristeza, también experimenté una paz que había olvidado.
Seis meses después, mi estudio se mudó a un local mucho más amplio.
Tenía enormes ventanas, espacio para trabajar con muestras y un pequeño salón donde recibíamos a nuestros clientes.
Habíamos contratado a cinco personas y comenzábamos a producir diseños para marcas de distintas regiones de México.
El día de la inauguración llegaron antiguos profesores, amigos, clientes y varias personas que habían confiado en mí desde el principio.
En una de las paredes colocamos mi primera colección completa.
Estaba inspirada en los colores de los mercados mexicanos, los tejidos tradicionales y los recuerdos de mi infancia junto a mi abuela.
Mientras observaba las telas, recordé algo que ella solía decirme:
—Mijita, nunca pongas toda tu vida en manos de otra persona. Hasta las personas buenas pueden equivocarse. Aprende a sostenerte por ti misma.
Durante años pensé que aquello significaba simplemente tener dinero propio.
Ahora comprendía que también significaba conservar mis sueños, mis decisiones y mi dignidad.
En medio de la celebración, mi asistente se acercó.
—Mariana, alguien vino a felicitarte.
Volteé hacia la entrada.
Era Adrián.
Llevaba un pequeño ramo de rosas blancas.
Las mismas flores que solía regalarme después de sus supuestas reuniones de trabajo.
Me acerqué con tranquilidad.
—Felicidades —dijo—. Vi fotografías de tu nueva colección. Quería decirte personalmente que estoy orgulloso de ti.
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