“Gracias.”
“No te estoy defendiendo.”
“Lo sé.”
“Y sigo creyendo que no debiste hacerlo.”
“Yo también.”
Hubo silencio.
“¿Qué?”
“Que no debí casarme con ella.”
Nora tardó varios segundos en responder.
“Entonces ¿por qué lo hiciste?”
Miré las cajas de la ferretería.
“Porque sentí que ya no podía hacer nada más por ella.”
“Eso no significa que tuvieras que convertirte en su esposo.”
“No.”
Aquella palabra me dolió más que cualquier acusación.
Porque era verdad.
Había pasado semanas obsesionado con demostrar que no era un estafador.
Y no lo era.
Pero mientras intentaba defenderme de una acusación falsa, también había evitado reconocer una crítica verdadera.
Había cruzado un límite profesional.
No por dinero.
No por romance.
No para manipular a Alicia.
Pero lo había cruzado.
“Quiero devolverte algunas cosas”, le dije.
Nos vimos el sábado en casa de Nora.
Llevé la caja color crema.
Dentro estaban el pañuelo blanco de Alicia y el pequeño anillo hecho con venda.
Nora tomó el pañuelo.
“Yo se lo acomodé antes de la ceremonia.”
“Me acuerdo.”
“Estaba feliz.”
“Sí.”
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Eso es lo que me confunde, Lucas. Yo también participé. Pensé que estábamos dándole un último momento bonito.”
“Yo pensé lo mismo.”
“Y luego apareció ese dinero.”
Saqué los documentos del abogado.
