“Eso no borra la relación profesional previa. Eras su médico, Lucas.”
“No sabía nada del dinero.”
“Tal vez. Pero aquí hay dos preguntas distintas.”
Me miró directamente.
“Una es si buscaste beneficiarte económicamente. La otra es por qué un médico de treinta años creyó apropiado casarse con una paciente terminal de dieciocho.”
No tuve respuesta.
Desenganché mi identificación.
Aquella tarde finalmente abrí la nota de Alicia.
Doctor:
La abuela dejó dinero para que Nora y yo estudiáramos y empezáramos nuestra vida.
Nora tiene su parte.
Yo ya no podré usar la mía.
Una vez me contó cuánto trabajó para estudiar medicina y cuánto todavía debe.
Todos dicen que tuvo suerte porque llegó a ser doctor.
Yo creo que nadie piensa en cuánto le costó.
La boda fue algo que yo quería.
Esto también.
Quiero que use mi parte para recuperar un poco de la vida que gastó llegando hasta aquí.
Debajo había dibujado una cara sonriente.
Lloré.
Pero no cambié mi decisión.
Durante la investigación escribí una declaración para el hospital.
En el primer borrador puse:
“Alicia insistió en casarse conmigo.”
Me quedé mirando esa frase.
Luego la borré.
Alicia no me había obligado.
Ella pidió.
Yo acepté.
Era mucho más incómodo escribirlo así, porque eliminaba la excusa que llevaba días construyendo.
Presenté la declaración completa.
Dos días después, Nora publicó una fotografía de la boda.
Alicia con su pañuelo blanco.
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Yo junto a ella.
Debajo escribió:
“Este médico se aprovechó de mi hermana mientras agonizaba y terminó heredando el dinero de nuestra abuela.”
En pocas horas empezaron a compartirla.
Compañeros de universidad me escribieron.
Un antiguo profesor llamó a mis padres.
Incluso pensé en publicar la carta de Alicia para demostrar que ella había decidido dejarme aquel dinero.
Tomé una fotografía de la nota.
Mi dedo quedó sobre el botón de publicar.
Entonces entendí lo que estaba haciendo.
Alicia me había dejado palabras privadas.
Y yo estaba a punto de entregárselas a miles de desconocidos para salvar mi reputación.
Apagué el teléfono.
No publiqué nada.
Pero el silencio tuvo un precio.
Una semana después, mientras acomodaba cajas en la ferretería de mi padre porque el hospital había suspendido mi sueldo, recibí un correo de la comisión investigadora.
La audiencia final ya tenía fecha.
Y entre los documentos que iban a revisar aparecía una nueva declaración.
La había enviado Nora.
Parte 3
No pude abrir aquel archivo durante varios minutos.
Pensé que Nora habría presentado nuevas acusaciones.
Mi padre estaba colocando focos en un estante cuando me vio sentado detrás del mostrador.
“¿Malas noticias?”
“No sé.”
“Entonces ábrelo antes de inventarte unas peores.”
Lo abrí.
Nora no había retirado la denuncia.
Tampoco se había disculpado.
Había escrito que seguía considerando inapropiado que yo hubiera aceptado casarme con Alicia.
Pero también había incluido algo distinto.
Afirmaba que ella misma había ayudado a preparar la ceremonia.
Que sabía que no existía una relación romántica entre Alicia y yo.
Y que nunca me había oído hablar de la herencia antes del funeral.
Me quedé mirando la pantalla.
No era suficiente para absolverme.
Pero era la primera vez que Nora separaba lo que sabía de lo que sospechaba.
La llamé.
