Alicia tenía dieciocho años.
También tenía una enfermedad que había convertido una habitación de oncología en prácticamente todo su mundo.
Lo extraño era que casi nunca parecía enfadada.
La primera mañana que entré en su habitación, me miró mientras revisaba su expediente y dijo:
“Doctor, ¿siempre tiene esa cara o cobra extra por sonreír?”
Intenté mantenerme serio.
No pude.
Desde entonces, Alicia consiguió que las enfermeras se rieran incluso durante los días más difíciles. Hablaba de comida que ya no podía probar, de playas que probablemente nunca volvería a ver y de una lista absurda de cosas que quería hacer si algún tratamiento funcionaba.
Pero los tratamientos dejaron de funcionar.
Un martes por la tarde, el oncólogo principal reunió a su madre y a su hermana mayor, Nora.
Después me llamó al pasillo.
“Probablemente estamos hablando de tres días, Lucas.”
Tres días.
Me quedé varios minutos frente a la puerta de Alicia sin saber qué decir.
Cuando finalmente entré, ella estaba mirando por la ventana.
“Ya me dijeron”, murmuró.
Me acerqué.
“Lo siento.”
“No me diga eso. Necesito pedirle algo.”
Pensé que quería ver a algún familiar.
“Quiero casarme.”
Parpadeé.
“¿Con quién?”
Alicia sonrió.
“Con usted.”
Creí que era una broma.
No lo era.
“Alicia, soy tu médico.”
“Lo sé.”
“Eso hace que sea imposible.”
Ella bajó la mirada.
