Me casé con mi paciente cuando los médicos dijeron que solo le quedaban 3 días de vida. Después del funeral, su hermana me entregó una caja y susurró: “Ella quería que la abrieras cuando ya no estuviera”. Dentro había una carta legal y 1.780.000 pesos a mi nombre. Cuando vio la cifra, dejó de verme como quien cumplió su último deseo y hizo una acusación que podía acabar con mi carrera.

“Lucas.”

“Doctora.”

“Esta vez, si un paciente te pide algo fuera de lo normal…”

“Pregunto antes de responder.”

Levantó una ceja.

“Bien.”

Caminé hacia el pasillo.

Todavía sentía vergüenza por algunas decisiones.

También tristeza.

Pero había dejado de intentar convertir mis buenas intenciones en una defensa absoluta.

Alicia nunca había sido una estafadora.

Nora nunca había sido simplemente mi enemiga.

Y yo tampoco era el monstruo que describían algunas publicaciones.

La verdad era más incómoda.

Había querido hacer feliz a una joven que estaba muriendo.

Había tomado una decisión que no me correspondía tomar.

Y después había tenido que aprender que reconocer un error no significa aceptar una acusación falsa.

Pasé mi tarjeta por la segunda puerta.

Antes de entrar, miré por última vez el recordatorio de pago en mi teléfono.

1.780.000 pesos seguían separándome de estar libre de deudas.

Pero aquella mañana ya no me parecieron la cifra más importante de mi vida.

Guardé el teléfono.

Y volví a trabajar.