Me casé con mi paciente cuando los médicos dijeron que solo le quedaban 3 días de vida. Después del funeral, su hermana me entregó una caja y susurró: “Ella quería que la abrieras cuando ya no estuviera”. Dentro había una carta legal y 1.780.000 pesos a mi nombre. Cuando vio la cifra, dejó de verme como quien cumplió su último deseo y hizo una acusación que podía acabar con mi carrera.

Luego pensé en Alicia.

En la habitación.

En su pañuelo.

En aquella sonrisa después de la ceremonia.

Y también pensé en todo lo que había ocurrido después.

“Sí.”

La renuncia a los 1.780.000 pesos se hizo definitiva.

Mis deudas continuaron existiendo.

La ironía era casi perfecta.

Alicia había querido regalarme libertad y yo había terminado comprendiendo que aceptar aquel dinero habría hecho imposible recuperar otra cosa mucho más importante.

La confianza.

Mi primer día de regreso al hospital llegué antes de las siete.

El nuevo gafete estaba dentro de un sobre.

Me detuve frente a la puerta de oncología.

El teléfono vibró.

Recordatorio del crédito educativo.

Pago pendiente.

Lo guardé.

Seguiría pagando.

Tal vez durante años.

Saqué mi identificación nueva y la acerqué al lector.

Nada ocurrió durante un segundo.

Luego apareció una luz.

La puerta se abrió.

La doctora Patel estaba al otro lado.

Me miró de arriba abajo.

 

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