Y la encontré.
Pero para entonces ya había sido adoptada.
No quería destruirle la vida sin estar seguro.
Por eso hice una prueba de ADN».
Dejé de respirar.
Debajo había una sola frase:
«Está viva».
Grité.
Pero esta vez no fue de miedo.
Ni de dolor.
Fue porque no podía creerlo.
Mi hija estaba viva.
Después de siete años de dolor.
Después de siete años de vacío.
Después de siete años pensando que nunca volvería a escuchar su voz.
Miré a Lily.
—¿Dónde está?
Lily me entregó el último sobre.
—Papá dijo que la dirección estaba aquí.
Lo abrí.
Dentro había una hoja con una dirección.
Me temblaban tanto las manos que apenas podía leer las palabras.
—Daniel sabía todo esto…
Lily dijo suavemente:
—Dijo que no podía irse hasta estar seguro de que nunca volverías a estar sola.
Me apreté la carta contra el pecho.
En ese momento comprendí por qué Daniel me había elegido.
Realmente me amaba.
Pero su decisión no tenía que ver únicamente con Lily.
Sabía que dentro de mí vivía una mujer que lo había perdido absolutamente todo.
Y quería darle la oportunidad de volver a encontrar una familia.
Al día siguiente fui a la dirección indicada.
Cada kilómetro me parecía irreal.
Tenía miedo.
Miedo de encontrarme con una completa desconocida.
Miedo de que Daniel se hubiera equivocado.
Miedo de volver a perderla.
Cuando me detuve frente a una pequeña casa, me temblaban las manos.
Durante varios minutos simplemente permanecí sentada en el coche.
Luego bajé.
Me acerqué a la puerta.
Y llamé.
Una joven abrió.
Tendría unos veinte años.
La miré.
Y enseguida vi aquella sonrisa familiar.
La misma sonrisa que recordaba de su infancia.
