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Mi padre escuchó sentado a la mesa, con los ojos llenos de lágrimas.
Había pasado más de 40 años trabajando la tierra.
Finalmente habló.
—Hija, nosotros somos pobres, pero nunca hemos vendido nuestra dignidad.
Y tampoco vamos a permitir que alguien compre la tuya.
Mi madre me acarició el cabello.
—Esta siempre será tu casa.
No tienes que soportar golpes para demostrar que eres una buena esposa.
Aquella noche dormí en mi vieja habitación.
El techo crujía cuando soplaba el viento y las gallinas comenzaron a hacer ruido antes del amanecer.
Sin embargo, descansé mejor que durante todas las noches que había pasado en la enorme casa de los Salcedo.
Al día siguiente, acompañada por mi abogada, acudí a la Fiscalía.
Entregué las fotografías, los mensajes y los archivos de audio.
La licenciada Torres también presentó la información relacionada con el documento que contenía mi supuesta firma.
Me explicó que las autoridades tendrían que verificar su autenticidad y determinar las posibles responsabilidades.
Además, iniciamos los trámites necesarios para terminar mi matrimonio.
No fue sencillo.
Rodrigo comenzó a llamarme insistentemente.
Primero me insultó.
Después me pidió perdón.
Finalmente aseguró que destruiría mi reputación si no regresaba.
Mi abogada me indicó que conservara los mensajes y evitara reunirme con él a solas.
Bloqueé su número después de guardar las pruebas.
10 días después llegaron los resultados de mi examen.
Había obtenido 96 de 100 puntos.
Lloré frente a la computadora.
Recordé mis manos agrietadas, la mesa escondida y todas aquellas noches en las que Beatriz me llamaba inútil.
Lucía me ayudó a enviar solicitudes a varios despachos contables.
Una semana después me entrevistó Claudia Ramírez, dueña de un pequeño despacho en Querétaro.
Me hizo resolver ejercicios prácticos de facturación, conciliaciones y nóminas.
Cuando terminé, sonrió.
—Valeria, tienes buena preparación.
Estamos buscando una auxiliar contable y creo que puedes integrarte al equipo.
Me ofreció 18,000 pesos mensuales, con prestaciones.
Acepté.
Esa tarde compré un pastel pequeño y lo llevé a casa de mis padres.
Mi padre lo puso en el centro de la mesa como si fuera un trofeo.
Mi madre lloró mientras lo partíamos.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que mi futuro volvía a pertenecerme.
Semanas después, mi abogada me avisó que Beatriz había intentado utilizar el supuesto reconocimiento de deuda para reclamar mis ahorros.
Pero la documentación ya estaba bajo revisión dentro de la investigación correspondiente.
Mi dinero permanecía protegido en mi cuenta.
Rodrigo, por su parte, empezó a cambiar de versión cuando tuvo que responder por los hechos.
Primero aseguró que yo había firmado voluntariamente.
Después dijo que se trataba de un malentendido familiar.
Daniela decidió declarar sobre la agresión que había presenciado y los documentos que había encontrado.
Su padre también terminó enterándose de lo ocurrido.
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