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Una tarde me llamó.
—Valeria, no sabía que mi familia te había tratado de esa manera.
Debí prestar más atención.
No necesitaba otra disculpa.
Solo quería que dejaran de hacerme daño.
El divorcio tardó varios meses en resolverse.
Cuando finalmente recibí la documentación oficial, sentí que me quitaban un peso enorme del pecho.
Con mi nuevo salario renté un departamento pequeño cerca del trabajo.
Tenía una recámara, una cocina sencilla y una ventana que daba a un patio con macetas.
Lo primero que compré fue un escritorio.
Era de madera clara, firme, con espacio suficiente para mi computadora y todos mis cuadernos.
Cuando lo coloqué junto a la ventana, me senté y empecé a llorar.
No de tristeza.
Lloré porque ahora podía estudiar sin pedirle permiso a nadie.
Tres meses después recibí un aumento de sueldo.
Volví a ahorrar y empecé a ayudar a mis padres con algunos gastos.
Daniela también terminó sus estudios.
Seguimos hablando, aunque mantuve distancia del resto de su familia.
Un día me llamó llorando.
—Valeria, mi mamá se cayó.
Se fracturó la cadera y estamos en el hospital.
Mi papá viene en camino, pero Rodrigo no contesta.
Podría haber ignorado aquella llamada.
Pero Daniela me había ayudado cuando más lo necesitaba.
Fui al hospital, la acompañé con los trámites y permanecí a su lado hasta que llegó su padre.
Cuando Beatriz me vio, empezó a llorar.
—Después de todo lo que te hice, viniste…
La observé en silencio.
—Vine porque Daniela necesitaba ayuda.
No porque haya olvidado lo que pasó.
Bajó la mirada.
—Fui cruel contigo.
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