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Daniela lo encontró dentro de un cajón que únicamente utilizaba su madre.
—Esto ya no es normal, Valeria —me dijo—.
Mi mamá está obsesionada con controlarte.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
No supe qué contestarle.
La verdad era que todavía tenía miedo.
Miedo de fracasar.
Miedo de empezar de nuevo.
Miedo de escuchar que todos me habían advertido.
Una tarde, mientras Beatriz estaba fuera, Daniela entró en mi pequeño cuarto de estudio con una carpeta.
—Encontré algo que tienes que ver.
Dentro había una cotización para contratar a una trabajadora doméstica de tiempo completo.
El presupuesto era de 16,000 pesos mensuales, sin incluir ciertas prestaciones y gastos adicionales.
Alguien había escrito encima, con tinta roja:
“Cancelar.
Rodrigo ya resolvió el problema”.
Reconocí la letra de Beatriz.
Debajo había otra anotación.
“Remodelación del local: dinero de Valeria”.
Sentí náuseas.
Daniela me miró horrorizada.
—No sabía que mi madre había llegado tan lejos.
Le pedí que tomara fotografías, sin llevarnos los originales.
Aquella noche terminé de organizar mi salida.
Pero antes tenía un último objetivo: presentar el examen de mi capacitación.
No porque necesitara demostrarle nada a esa familia, sino porque ya había sacrificado demasiadas noches para renunciar a mi futuro.
El día de la evaluación me levanté temprano, me puse una blusa blanca y fui al centro de capacitación.
Respondí ejercicios de nómina, conciliaciones bancarias, registros contables y facturación.
Por primera vez en semanas pude concentrarme sin escuchar los gritos de mi suegra.
Al regresar encontré a Rodrigo furioso en el comedor.
Beatriz estaba sentada a su lado.
—¿Dónde demonios estabas? —preguntó él.
—Presentando mi examen.
—¿Y por eso nos dejaste comida fría?
—Está en el refrigerador.
Solo tenían que calentarla.
Mi suegra soltó una carcajada.
—Ni siquiera puede atender a su marido como se debe.
Rodrigo golpeó la mesa.
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