Frente a 40 invitados, mi padre me golpeó con el trofeo de mi graduación y gritó: “¡Sin nosotros no eres nadie!”. Tenía sangre en la cara y mi madre todavía exigía que pidiera perdón. Yo guardé silencio mientras el rector ordenaba sacarlo del salón. Esa misma noche, mi padre me exigió firmar unos documentos, sin saber lo que yo descubriría…
También estaba dispuesto a arriesgar prácticamente todo el futuro económico de mis padres para salvar a mi hermana.
Entonces Adriana hizo una pregunta que cambió por completo mis planes:
—¿Quieres proteger ese dinero conforme al contrato que ellos mismos firmaron?
Miré la fotografía de mi rostro golpeado.
Y por primera vez comprendí que podía detenerlos sin entregarles un solo peso.
Lo que hice antes de aquella cena familiar provocaría una reacción que ninguno de nosotros estaba preparado para enfrentar.
PARTE 3
A las diez de la mañana siguiente, estaba sentada frente a la licenciada Adriana Salgado, observando cómo preparaba una notificación dirigida a la institución fiduciaria que administraba el patrimonio de mis padres.
La cantidad protegida ascendía a nueve millones doscientos mil pesos.
No era dinero mío.
Nunca pretendí quedármelo.
Pero mis padres habían firmado un contrato diez meses atrás para proteger esos recursos durante un periodo de diez años, precisamente porque mi padre temía que los problemas de Renata terminaran destruyendo sus ahorros.
La ironía era que ahora él mismo pretendía hacer aquello que había querido evitar.
—Quiero que se respeten las condiciones originales —le dije a Adriana—. Nada de préstamos comerciales, garantías para Renata ni retiros extraordinarios sin una justificación legítima.
La abogada asintió.
—Podemos presentar tu negativa formal a la operación solicitada y pedir que se mantenga la reinversión prevista. Eso no significa que seas dueña del patrimonio ni que ellos hayan perdido todos sus derechos. Pero sí impedirá que utilicen tu autorización para sacar ese dinero.
También me explicó que mis padres podían intentar modificar el fideicomiso mediante los procedimientos correspondientes.
No sería algo inmediato.
Y mientras tanto, la institución debía cumplir las reglas que ellos mismos habían aceptado.
Firmé los documentos.
Antes de salir, Adriana señaló mi frente.
—También necesitas denunciar la agresión. El dictamen médico y las grabaciones de la ceremonia son pruebas importantes.
—Lo haré.
Por primera vez en mi vida, no iba a proteger a mi padre de las consecuencias de sus actos.
Esa tarde acudí al Ministerio Público, entregué el certificado médico y proporcioné los datos de las personas que habían presenciado el ataque.
Después fui a casa de mis padres.
Llegué exactamente a las seis.
Mi madre abrió la puerta con una sonrisa exagerada.
—Marianita, qué bueno que viniste. Preparé pollo al horno, como te gusta.
Era sorprendente lo rápido que podía fingir cariño cuando necesitaba algo.
Mi padre estaba sentado a la cabecera del comedor.
Renata ocupaba la silla de su derecha.
Ya no llevaba ropa de diseñador. Vestía una sudadera gris y tenía los ojos enrojecidos.
Sobre la mesa había una carpeta color beige.
—Siéntate —ordenó mi padre.
Permanecí de pie unos segundos.
Él observó la venda que cubría mi frente, pero no preguntó si me dolía.
—Lo de la graduación fue desagradable —comenzó—. Todos perdimos la cabeza. Estamos dispuestos a olvidar tu comportamiento.
Lo miré incrédula.
—¿Mi comportamiento?
—No vamos a discutir eso otra vez —intervino mi madre—. Lo importante es que sigamos unidos.
Renata empezó a sollozar.
—Mariana, estoy pasando por el peor momento de mi vida. Puedo perder todo lo que construí.
Mi padre deslizó la carpeta hacia mí.
—Tu hermana necesita un crédito temporal. Con tu sueldo y tu preparación puedes obtenerlo fácilmente.
Abrí el documento.
Dos millones ochocientos mil pesos.
Intereses elevados.
Comisiones adicionales.
Y mi nombre colocado como acreditada principal.
No era un préstamo temporal.
Era una obligación capaz de arruinar mis finanzas durante años.