“¡Ese niño no tiene derecho a estar aquí!”, gritó la novia de mi exesposo durante su lujosa boda. Después de diez años sin verlo, terminé trabajando como mesera en su celebración, acompañada de nuestro hijo, cuya existencia él desconocía. Guardé silencio y tomé al pequeño de la mano, hasta que el novio vio una marca idéntica a la suya…
—Yo recogía el correo. Llegó un sobre certificado dirigido a ti, enviado por Mariana. Tu madre me ordenó entregárselo personalmente.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Pero ella guarda sus documentos importantes en la caja fuerte del despacho de tu padre.
Aquella noche Alejandro fue a la casa de Mercedes.
Le pidió que le mostrara los documentos relacionados con su primer matrimonio.
—No tengo nada de esa mujer —respondió ella.
—Entonces abre la caja fuerte.
Mercedes palideció.
—Son mis cosas privadas.
—Mamá, sé que contrataste a un hombre para fingir que Mariana me engañaba.
Mercedes no contestó.
Alejandro insistió hasta que finalmente ella abrió la caja fuerte.
En el fondo había una carpeta antigua.
Dentro encontró un recibo por servicios fotográficos, otro firmado por el actor y un sobre amarillento.
Reconoció inmediatamente la letra de Mariana.
El sobre seguía cerrado.
Durante diez años nadie lo había abierto.
Alejandro lo sostuvo entre sus manos.
—Me dijiste que ella nunca intentó buscarme.
Mercedes bajó los ojos.
Él abrió la carta.
Dentro había cuatro páginas escritas a mano y una imagen de ultrasonido.
Mariana explicaba cómo un desconocido se le había acercado en la cafetería, cómo había intentado apartarse y cuánto le dolía que Alejandro no hubiera querido escucharla.
Después le contaba que esperaba un bebé.
Al final había una frase:
«Si nuestro hijo nace con el pequeño corazón que tienes debajo de la oreja, quizá algún día puedas mirarlo y comprender que siempre te dije la verdad».
Alejandro tuvo que sentarse.
Recordó al niño intentando salvar el pastel.
Recordó aquella mancha.
Recordó sus lágrimas.
Y recordó cómo había regresado al salón mientras Mateo preguntaba por qué su padre volvía a abandonarlo.
—¿Por qué, mamá? —susurró.
Mercedes comenzó a justificarse.
—Yo solamente quería protegerte. Mariana no pertenecía a nuestro mundo. Ahora tienes hoteles, dinero, prestigio…
—Mi padre era herrero —la interrumpió Alejandro—. Tú cosías ropa para otras familias. ¿En qué momento empezaste a despreciar a las personas que trabajan como ustedes trabajaron?