Entré con mi bebé ardiendo de fiebre en la mansión del hombre más temido de Lomas de Chapultepec, y él estuvo a punto de echarnos a la calle. Pero cuando Víctor Salcedo vio el medallón de plata en el cuello de mi hija, se puso pálido… y un ataque en el portón reveló que alguien la estaba buscando.

PARTE 1

“Si esa niña se muere aquí, tú vas a cargar con la culpa… pero si te vas, mañana no vuelvas a pedir trabajo.”

Eso me dijo mi supervisor mientras mi hija ardía de fiebre en mis brazos.

Me llamo Mariana Ríos, tengo veintisiete años y esa tarde en la Ciudad de México yo no tenía nada: ni dinero para urgencias privadas, ni familia que me contestara el teléfono, ni tiempo para llorar. Solo tenía a mi bebé de ocho meses, Lucía, envuelta en una cobija rosa, respirando rápido, como si cada bocanada le costara más que la anterior.

La llamada de la guardería me llegó mientras limpiaba oficinas vacías en Reforma: “Su niña está empeorando, venga por ella ahora.”

Corrí como pude. Lucía tenía las mejillas encendidas, los labios secos y los ojitos apenas abiertos. En mi cuarto de azotea, el calentador no servía, el refrigerador estaba casi vacío y solo me quedaba una dosis de paracetamol.

Entonces sonó mi celular.

Era Armando, mi supervisor.

“Te toca servicio especial en Lomas de Chapultepec. Mansión Salcedo. Una hora.”

“Mi bebé está enferma.”

“Pues consíguete otra vida, Mariana. Si no llegas, estás despedida.”

Yo sabía quién era Víctor Salcedo.

Todo México lo sabía.

Decían que era dueño de constructoras, hoteles, antros, bodegas, políticos y silencios. En los noticieros nunca lo acusaban de nada, pero todos bajaban la voz al mencionar su apellido. Había hombres que se hacían ricos trabajando para él y otros que desaparecían de las conversaciones después de contradecirlo.

Llevar a mi hija enferma a su casa parecía una locura.

Perder el trabajo significaba quedarnos sin techo.

Así que metí a Lucía en su carriola, la cubrí con dos cobijas y crucé media ciudad con el miedo mordiéndome los talones.

La mansión Salcedo parecía más una embajada que una casa: portón negro, cámaras, guardias con audífono, piso de mármol, árboles iluminados como si también tuvieran sueldo. Una empleada llamada Rosa me vio entrar con la carriola y se quedó helada.

“¿Trajiste una niña?”

“No tuve opción.”

“En esta casa no entran niños.”

Antes de que pudiera responder, una voz bajó desde la escalera.

“¿Quién autorizó esto?”

Víctor Salcedo descendía con traje oscuro, impecable, el rostro duro y los ojos más fríos que la noche. Yo sentí que las piernas me fallaban.

“Fue culpa mía, señor. Por favor, no me despida.”

Se acercó.

Yo apreté la carriola, esperando que gritara.

Pero no gritó.

Se inclinó y tocó la frente de Lucía.

Su expresión cambió.

“Llamen a mi doctor.”

Rosa salió corriendo.

Víctor me miró.

“¿Quién te obligó a traer a una bebé enferma a mi casa?”

Le di el nombre de Armando.

Víctor sacó su teléfono.

“Armando ya no trabaja para mí.”

No supe si agradecer o asustarme más.

El doctor llegó en menos de quince minutos. Revisó a Lucía en una sala enorme donde el eco parecía juzgarme. Mientras le quitaba la cobija, el medallón de plata que mi hija llevaba al cuello cayó sobre su pecho.

Era lo único que mi mamá, Elena Morales, me había dejado antes de morir.

Un medallón ovalado, viejo, con una estrella pequeña grabada sobre tres ramas.

Víctor lo vio.

Y el hombre más temido de la ciudad se puso pálido.

“¿De dónde sacaste eso?”

“Era de mi mamá.”

“¿Cómo se llamaba?”

“Elena Morales.”

El silencio cayó como una puerta cerrándose.

Víctor retrocedió.

“No puede ser.”

“¿Qué no puede ser?”

Su voz salió casi rota.

“Elena murió por mi culpa.”

En ese momento, una explosión sacudió la casa.

Los vidrios vibraron. Alguien gritó afuera. Los guardias corrieron hacia el portón y se escucharon disparos.

Yo tomé a Lucía, pero Víctor me jaló hacia él y nos cubrió con su cuerpo.

“¡Al sótano!”, ordenó.

“¿Qué está pasando?”

Víctor miró el medallón en el cuello de mi hija.

Y por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.

“No vinieron por mí”, dijo.

Luego miró a Lucía.

“Vinieron por ella.”