PARTE 1
Adrián Castañeda iba tarde a su primera cita con Renata cuando vio a un niño vendiendo flores junto a la carretera entre Celaya y San Miguel de Allende.
El pequeño sostenía una cubeta azul y llevaba un suéter demasiado delgado para el frío.
Adrián se detuvo por culpa, no por romanticismo.
Compró el ramo más grande, pagó 500 pesos y le dijo al niño que se quedara con el cambio.
—Gracias, señor —murmuró él—. Si hoy no junto suficiente, van a separarme de mi abuela.
Adrián quiso preguntarle más, pero un camión tocó el claxon detrás de él. Avanzó hasta el restaurante, estacionó y tomó las flores para entrar.
Entonces vio un papel doblado entre los tallos.
“Me llamo Gael. Tengo 9 años. Mi mamá desapareció hace 3 años. Mi papá dice que murió, pero mi abuela no le cree. Si el DIF me lleva, ella se quedará sola. Por favor, no tire esta nota”.
Adrián dejó de escuchar la música del restaurante.
A los 6 años había pasado 11 meses en una casa hogar, hasta que una pareja de Salamanca lo adoptó. Aún recordaba el miedo de que los adultos decidieran su vida sin preguntarle nada.
Llamó a Renata.
—No voy a llegar.
—¿Te arrepentiste de conocerme?
—No. Encontré una nota dentro de unas flores. Es de un niño.
Hubo unos segundos de silencio.
—Entonces regresa —respondió ella—. Una cena se repone. La confianza de un niño, no.
Adrián volvió al punto donde lo había visto. Gael seguía sentado sobre la cubeta, contando monedas con los dedos entumidos.
Al reconocer la nota, se puso pálido.
—Mi abuela me dijo que no hiciera eso.
—¿Tu papá sabe que vendes flores?
—Mi papá ya no viene. Sólo manda mensajes cuando quiere dinero.
Gael lo guio hasta La Cañada, una comunidad pequeña rodeada de parcelas de sorgo. Vivía con doña Teresa, una mujer de 72 años que salió al patio alarmada cuando vio la camioneta.
Adrián explicó lo ocurrido.
La mujer abrazó a su nieto y, después de revisar la nota, cerró la puerta con seguro.
Sobre la mesa había medicinas, recibos vencidos y una carpeta gruesa.
Doña Teresa contó que su hija Marisol había pedido separarse de Óscar, el padre de Gael, después de años de amenazas y control. Una semana después, Óscar anunció que Marisol había perdido la vida en un choque cerca de Dolores Hidalgo.
Nunca mostró el cuerpo.
Nunca permitió que doña Teresa fuera al funeral.
El ataúd permaneció cerrado.
—Me llamó loca cuando pedí verla —dijo la anciana—. Después desapareció con todos sus documentos.
Adrián revisó copias de oficios, fotografías y respuestas oficiales. La Policía Estatal afirmaba que aquel día no se había registrado ningún accidente mortal en el tramo señalado.
El hospital tampoco tenía ingreso alguno a nombre de Marisol Vega.
Doña Teresa sacó una copia borrosa del acta de defunción.
—El DIF dice que mi presión alta y mi edad son un riesgo. Quieren llevarse a Gael mientras encuentran otro tutor.
Adrián prometió buscar un abogado y acompañarla a presentar una denuncia.
Gael, que había escuchado desde el pasillo, se acercó con los ojos llenos de miedo.
—Mi papá me dijo que mamá seguía viva —susurró—. También dijo que, si yo preguntaba otra vez, haría desaparecer a mi abuela.
En ese instante alguien golpeó 3 veces la puerta y una voz masculina gritó desde afuera:
—¡Teresa, abre! Sé que el niño habló con un desconocido.
Nadie podía creer quién acababa de llegar ni lo que traía entre las manos…
