El esposo de mi hija quería obligar a mi nieta a llamarlo “papá” delante de todos. Cuando ella se negó, la abandonó en una carretera helada. Mi hija me escribió: “Ahora es tu problema”. La abrigué y la llevé al lugar donde él preparaba su gran anuncio. Al entrar, todos se levantaron y mi nieta preguntó por qué. Yo permanecí tranquila: tenía pruebas de veintitrés operaciones que él había mantenido en secreto.
Pero recuperar la confianza resultó mucho más difícil de lo que imaginaba.
—¿Cómo te fue en la escuela? —preguntaba Adriana.
—Bien.
—¿Y tus clases de música?
—Bien.
Las conversaciones terminaban allí.
Teresa no obligó a su nieta a abrazarla ni a perdonarla.
Sabía que el cariño no podía exigirse como una deuda.
Mientras tanto, los antiguos accionistas buscaron asesoría legal para impugnar las compraventas realizadas bajo información engañosa.
Al enfrentarse a los testimonios y documentos, Adriana aceptó colaborar en un acuerdo para devolver las participaciones a sus antiguos propietarios, con la restitución de los pagos correspondientes.
También inició los trámites para divorciarse.
El caso de Ricardo por haber abandonado a Lucía continuó por la vía correspondiente, independientemente de su destitución empresarial.
Teresa siguió presidiendo el consejo, pero rechazó regresar a la dirección general.
Cuando Julián intentó convencerla, respondió:
—Durante treinta años creí que mi obligación más importante era salvar esta fábrica. Ahora tengo otra responsabilidad.
—¿Cuál?
—Recoger a mi nieta de la escuela todos los días y asegurarme de que nunca vuelva a preguntarse quién irá por ella.
En primavera, Teresa llevó a casa una caja con esferas de vidrio sin decorar.
La colocó sobre la mesa de la cocina junto con varios pinceles.
—Como ustedes dos casi no hablan, vamos a ver si al menos pueden pintar juntas.
Adriana sonrió con timidez.
Lucía tomó una esfera y comenzó a dibujar un pájaro rojo.