El Día de las Madres fui sola a cenar a un restaurante italiano. Justo después de pagar, me encontré por casualidad con mi hijo, su esposa y toda la familia de ella. Cuando estaba a punto de marcharme, lo escuché decirle a la gerente: “Cárguelo a la membresía de mi madre”. Entonces vi una autorización de $38,000 con mi firma falsificada. Me acerqué al mostrador y pedí que llamaran al director general. Minutos después, cuando salió y se dirigió a mí de una forma que nadie en la familia de mi hijo esperaba…
Mi hijo me había excluido deliberadamente del Día de las Madres y ahora pretendía utilizar mi cuenta para pagar una celebración de la familia que sí consideraba importante.
Sin embargo, no fue la cantidad lo que me dejó helada.
Desde donde estaba podía distinguir el documento que Adrián sostenía.
Y allí, debajo de la autorización, aparecía mi firma.
Reconocí cada curva de aquellas letras.
Era una copia casi perfecta.
Pero yo jamás había firmado ese permiso.
Volví lentamente al mostrador.
—Sofía, antes de procesar ese cargo, ¿podría mostrarme la autorización?
Adrián puso los ojos en blanco.
—Mamá, por favor.
No hagas un escándalo.
Lo miré y sonreí.
—Hijo, todavía no has visto ningún escándalo.
Parte 2: Vanessa se interpuso entre nosotros.
Sus aretes de diamantes brillaron bajo la lámpara del vestíbulo.
—Margarita, esto es vergonzoso.
Adrián se está encargando de sus finanzas.
Ya lo habíamos hablado.
—Ustedes lo hablaron.
Yo nunca acepté.
Guillermo soltó un suspiro impaciente.
—Su hijo solo está tratando de administrar responsablemente unos recursos que usted evidentemente ya no puede manejar.
Lo observé.
Había algo extraño en su expresión.
Su arrogancia seguía intacta, pero sus dedos apretaban demasiado el borde de la carpeta que llevaba consigo.