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—¡Ya te dije que yo me encargo!
Recogí la tarjeta y me marché.
Sabía que estaba mintiendo.
Al día siguiente, Emiliano confirmó mis sospechas.
Había escuchado a su padre hablar por teléfono con Michelle Torres, la directora regional de HidraPlus.
Ricardo le aseguró que yo estaba encantada con la operación y que deseaba firmar públicamente como homenaje a Joaquín.
Michelle respondió que esperaba conocerme finalmente el sábado.
Mi hijo había inventado mi consentimiento.
Y la empresa estaba organizando toda una ceremonia sobre aquella mentira.
Esa madrugada no pude dormir.
Saqué del cajón el teléfono de Joaquín y abrí nuestra conversación.
Había cientos de mensajes míos.
«Hoy florecieron las bugambilias».
«Emiliano ya sabe soldar».
«Te extraño, viejo necio».
Comprendí entonces algo que llevaba dos años evitando aceptar.
Yo no había conservado aquella línea únicamente por sus clientes.
La había conservado porque, mientras siguiera sonando en mi cocina, sentía que una pequeña parte de Joaquín todavía vivía conmigo.
Pero también recordé una conversación que tuvimos un mes antes de su muerte.
Estábamos desayunando cuando señaló la camioneta estacionada afuera.
—Cuando Mateo consiga su certificación y pueda hacerse cargo solo, quiero que él continúe atendiendo a la gente.
—¿Y Ricardo? —pregunté.
Joaquín negó con la cabeza.
—Nuestro hijo nunca quiso aprender el oficio. No voy a dejar a los clientes en manos de alguien que no sabe distinguir una fuga de una tubería tapada.
Después añadió:
—Mateo sí viene cuando la gente lo necesita. Eso vale más que cualquier apellido.
Mateo acababa de completar los requisitos para trabajar por su cuenta.
Yo había pospuesto entregarle la línea.
Ya no tenía razones para seguir haciéndolo.
A las seis y media de la mañana lo llamé.
—Mateo, el número de Joaquín será tuyo.
Guardó silencio.
—Doña Elena, no puedo pagarle lo que vale.
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