Dos años después de enterrar a mi esposo, recibí un mensaje imposible: “No abras esta noche”. A medianoche, mi hijo llegó con su esposa, inventando una emergencia de mi nieto para conseguir mi firma. No abrí. Días después me invitó a un homenaje ante casi 2,000 personas y dijo: “Hazlo por papá”. Entonces comprendí que aquella noche solo había sido el primer intento. Advertisements
A las siete de la mañana siguiente, Mateo apareció en mi casa con una tableta vieja debajo del brazo.
Me explicó que Joaquín se la había prestado para organizar los servicios del taller. Había quedado vinculada a su cuenta de Apple y todavía podía enviar mensajes desde ella cuando se conectaba a internet.
Por eso los mensajes aparecían con el nombre de mi esposo.
—Perdón, doña Elena —murmuró—. Anoche estaba reparando un calentador y se me descargó el celular. Usé la tableta para advertirle.
Entonces bajó la mirada.
—Hay algo más. Sus mensajes para don Joaquín también aparecen aquí.
Sentí una vergüenza terrible.
Durante dos años le había escrito a mi esposo casi todas las noches.
Le contaba que había llovido, que Emiliano aprobó un examen, que me dolían las rodillas o que extrañaba sus abrazos.
—Nunca los leí —me aseguró Mateo—. Silencié la conversación. Era algo entre ustedes.
Me cubrí la boca para contener el llanto.
Después me contó por qué Ricardo había llamado la noche anterior.
Una empresa llamada HidraPlus, dedicada al mantenimiento residencial, estaba comprando pequeños negocios de plomería en Querétaro.
Quería adquirir el nombre comercial de Joaquín, su número telefónico y la cartera de aproximadamente tres mil clientes.
Ofrecía 650,000 pesos.
Ricardo trabajaba allí desde marzo.
Lo habían contratado después de perder su empleo como gerente de una agencia automotriz. Para convencer a sus nuevos jefes, prometió conseguir el negocio de su difunto padre.
—Me ofrecieron un sueldo y una camioneta si aceptaba trabajar para ellos —contó Mateo—. Les dije que yo no podía venderles lo que no era mío.
Su respuesta había enfurecido a Ricardo.
Tres días antes de aquella visita nocturna, mi hijo me había hablado de la oferta durante una comida familiar.
—Son seiscientos cincuenta mil pesos, mamá. Papá estaría feliz.
Le pedí revisar el contrato.
Ricardo soltó una carcajada.
—Son cuarenta páginas de cosas legales. Tú solamente contestabas teléfonos, mamá. Déjame los negocios a mí.