Alejandro cerró la puerta del estudio y dejó el expediente sobre el escritorio.
—Siéntate.
Rodrigo permaneció de pie.
—No tienes derecho a revisar mis cosas.
—Tú intentaste conseguir un poder para vender las mías.
Laura se quedó cerca de la puerta. Alejandro le había pedido que permaneciera allí como testigo.
El expediente contenía registros públicos y documentos reunidos por su abogado. La cifra explicaba demasiado: Rodrigo debía más de ocho millones de pesos entre créditos, préstamos privados y garantías personales.
Parte de esa deuda estaba relacionada con inversionistas conectados con Horizonte Desarrollos.
—¿Les prometiste mi terreno? —preguntó Alejandro.
—No podía prometer algo que no era mío.
—Entonces, ¿qué les prometiste?
Rodrigo respiró hondo.
—Les dije que probablemente heredaría una parte.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Porque pensabas que iba a morir pronto?
Rodrigo bajó la mirada.
—Sí.
Laura sintió indignación, pero Alejandro no gritó.
—Y con esa idea pediste dinero.
—Mi empresa iba mal. Creí que podría recuperarme.
—¿Y cuando no pudiste?
—Me presionaron.
La secuencia quedó clara: las preguntas sobre el testamento, el poder amplísimo, las llamadas a Laura, la oferta ridícula por el terreno.
—Vete —dijo Alejandro.
Rodrigo salió dando un portazo.
Esa noche, Laura encontró a Alejandro en la cocina a oscuras.
—Podrías denunciarlo.
—Todavía no ha hecho nada que podamos probar como delito. Lo demás es miserable, pero ser miserable no siempre es ilegal.
Al día siguiente llegó Esteban Salgado, su abogado. Recomendó revisar el testamento, blindar los documentos patrimoniales, dejar constancia médica y notarial de que Alejandro comprendía perfectamente sus decisiones y no firmar nada sin testigos.
Alejandro aceptó.
El notario acudió la semana siguiente. Un especialista independiente certificó que Alejandro estaba consciente y plenamente capaz de decidir.
Rodrigo desapareció casi un mes.
Mayo fue brutal. El nuevo tratamiento dejó a Alejandro sin fuerzas. Laura trabajaba varios días desde casa y lo acompañaba sin tratarlo como un inválido.
Mateo tenía su propio método.
Se asomaba a la habitación.
—¿Hoy estás mal o medio mal?
—Medio mal.
—Bueno. Mañana vuelvo a preguntar.
Un día Alejandro se rió tanto que terminó tosiendo.
—Ese niño no sabe tener lástima.
