—Por eso te cae bien —respondió Laura.
A mediados de junio, los estudios mostraron que el crecimiento del tumor se había detenido otra vez.
No era una cura. Nadie habló de milagros. Pero habían pasado ocho meses desde aquel pronóstico de pocos meses y Alejandro seguía caminando por su jardín.
Esa tarde Mateo apareció con un pequeño manzano.
—Prometiste que lo íbamos a plantar.
—Pues hoy.
Los tres cavaron un hoyo. Mateo sostuvo el tronco, Laura acomodó la tierra y Alejandro explicó cómo dejar espacio para las raíces.
—¿Va a crecer mucho? —preguntó el niño.
—Si la cuidamos, sí.
—¿Y tú vas a estar cuando tenga manzanas?
Laura levantó la vista.
Alejandro tardó un segundo.
—Voy a hacer todo lo posible.
Dos semanas después, Rodrigo regresó.
No llevaba papeles ni traje. Tenía barba de varios días y parecía diez años mayor.
Alejandro estaba en el jardín. Laura trabajaba en la terraza y Mateo jugaba cerca del manzano.
—Necesito hablar contigo —dijo Rodrigo.
—Habla aquí.
Rodrigo miró a Laura.
—A solas.
—Ella se queda.
Esta vez no discutió.
—Los de Horizonte van a intentar pelear el terreno. Encontraron al antiguo propietario y quieren inventar irregularidades en la venta.
—La operación fue ante notario, pagué el valor de mercado y está inscrita.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué vienes?
Rodrigo tragó saliva.
—Porque quieren que yo los ayude a crear un pleito. Presión, retrasos, gastos… hasta que aceptes vender.
—¿Y tú aceptaste?
Rodrigo se cubrió la cara con las manos.
—Les debo mucho dinero, tío.
—¿Cuánto?
—Casi diez millones.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Pensabas pagarlos con mi muerte?
—Sí.
La palabra fue tan baja que casi se perdió entre los árboles.
Rodrigo continuó:
—Cuando te diagnosticaron, pensé que todo iba a resolverse rápido. Creí que heredaría algo importante, vendería, pagaría y seguiría con mi vida. Luego llegaron Laura y Mateo, cambiaste cosas y me entró pánico.
—¿Entonces buscaste a esa gente?
—Ellos ya sabían del terreno. Me prestaron dinero usando como argumento lo que yo esperaba recibir. Cuando vieron que no ibas a vender, comenzaron a exigirme que te convenciera.
—El poder.
—Sí.
