Desde hacía tiempo llevaba un registro de nuestros gastos familiares.
En dieciocho meses habíamos cubierto $87,600 pesos en reuniones, depósitos, compras y reservaciones relacionadas con mi familia.
Más de $67,000 correspondían a gastos que mi madre había prometido devolvernos.
—No te enseño esto por el dinero —dijo Mauricio—. Te lo enseño porque lo de hoy no empezó hoy.
Recordé aniversarios, Navidades, comidas familiares.
Yo cocinaba, reservaba, compraba y resolvía.
Teresa llegaba al final y decía:
—Qué bueno que convencí a Daniela de ayudar.
Si alguien elogiaba la comida, ella sonreía:
—La he enseñado bien.
Yo también sonreía.
Hay humillaciones que solo reconoces cuando dejas de participar en el chiste.
El timbre sonó.
Mariana y Javier llegaron con hielo y platos desechables. Detrás venían mi tía Lucía y su esposo.
Nadie llegó celebrando.
Todos estaban incómodos.
—Pensé de verdad que tú habías cancelado —dijo Mariana.
Mi tía miró la mesa completamente servida.
—¿Teresa sabía que todo esto estaba listo?
—Sí.
Lucía apretó los labios.
—Entonces tenemos un problema mucho más grande que una cena.
A las seis ya había doce familiares en mi casa.
Cada uno había recibido una explicación distinta.
A Rodrigo le dijeron que yo estaba agotada.
A Mariana, que mi casa no estaba lista.
A mi tía, que yo estaba invitada al restaurante pero me negaba a ir por berrinche.
No era una confusión.
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