Mi teléfono comenzó a vibrar casi inmediatamente.
Mauricio llegó veinte minutos después y se quedó inmóvil al ver la mesa.
—¿Qué pasó?
Antes de responderle, nuestra hija Sofía, de 16 años, bajó con una tarjeta para su abuela.
—¿La abuela ya viene?
—Cambió el plan —respondí.
Entonces llamó mi hermano Rodrigo.
—Daniela, ¿qué estás haciendo?
—¿Viste los mensajes?
—Sí, pero mamá nos dijo que tú cancelaste.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—¿Qué?
—Dijo que te estresaste por tener veinte personas aquí y le pediste conseguir un restaurante.
Miré la cocina.
Las ollas.
El pastel.
Las sillas adicionales.
—¿Cuándo te dijo eso?
Rodrigo guardó silencio.
—Ayer.
Mi madre sabía desde el día anterior.
Sabía cuando por la mañana le envié una foto del pastel y respondió con tres corazones.
Sabía cuando le pregunté si el tío Ernesto todavía necesitaba comida baja en sal.
Y me dejó seguir cocinando.
De pronto comenzaron a aparecer mensajes.
“Teresa me dijo que Daniela ya no quería recibir gente.”
“A mí me dijo que el restaurante había sido idea de Daniela.”
Mi tía Lucía publicó una captura de un mensaje que mamá le había enviado aquella mañana:
“Daniela se obsesiona con que todo quede perfecto. Estoy salvando la noche antes de que se ponga insoportable.”
Eso dolió más que quedarme fuera de la cena.
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