Después de 16 años de matrimonio, mi esposo me obligó a devolverle las tarjetas, las joyas y hasta el anillo. “¡Te vas sin un centavo y terminarás en la calle!”, gritó. Yo acepté sin discutir y salí con una maleta vieja. Él celebró haberme dejado sin nada, sin imaginar que el verdadero peligro para su fortuna de 80 millones estaba escondido entre mis suéteres…
—Vas a regresar arrastrándote antes del viernes —se burló—. ¿Quién contrataría a una mujer de tu edad que lleva tantos años sin trabajar?
Dejé mi reloj, mis aretes, las tarjetas vinculadas a sus cuentas y el anillo matrimonial sobre el tocador.
Luego cerré la maleta.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Es todo lo que necesito.
Me siguió hasta la entrada.
—Cuando te mueras de hambre, no me llames.
Antes de salir, observé por última vez los fragmentos del frutero de mi abuela.
—Ten cuidado con los vidrios —le dije—. Podrías cortarte.
Héctor cerró la puerta de un golpe.
Yo bajé en el elevador sin derramar una lágrima.
Él creyó que acababa de deshacerse de una esposa inútil.
Lo que no sabía era que, debajo de mis suéteres, llevaba una carpeta que había preparado en secreto durante seis años.
Y si alguien descubría lo que contenía, los ochenta millones que acababa de perder serían el menor de sus problemas.
PARTE 2
El hotel donde pasé aquella primera noche estaba cerca de la Central Nueva de Guadalajara.
La habitación costaba seiscientos cincuenta pesos. Tenía una cama estrecha, una ventana que daba a un estacionamiento y un ventilador que hacía ruido cada vez que giraba.
Dejé la maleta sobre la cama.
Después saqué la carpeta.
Contenía copias de facturas, estados de cuenta, contratos con empresas fantasma y registros de transferencias que Héctor creía perfectamente ocultos.
Durante seis años había reunido aquella información.
Todo comenzó cuando descubrí que varias constructoras contratadas por su empresa cobraban trabajos que nunca realizaban.
Al principio pensé que eran errores administrativos.
Pero cuanto más revisaba, más claro resultaba el patrón.
Mi esposo utilizaba compañías intermediarias para inflar costos, desviar dinero y pagar favores a funcionarios que le conseguían contratos de obra pública.
Bernardo, su contador, era quien organizaba buena parte de las operaciones.
Lo verdaderamente extraño era que también faltaba dinero que ni siquiera Héctor parecía conocer.
Encendí un celular económico que había comprado semanas antes.