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Contestaba con frases cortas.
Suspiraba cuando Elena le pedía ayuda para encontrar algo.
Una tarde incluso perdió la paciencia porque ella derramó café sobre la mesa.
—¡Elena, por favor! ¡No puedo estar pendiente de todo!
El silencio que siguió fue peor que el grito.
Mauricio se disculpó 10 minutos después, pero ella ya había escuchado algo que no podía olvidar.
Cansancio.
No enojo.
Cansancio de ella.
Desde entonces comenzaron las discusiones.
Elena dejó de pedir ayuda incluso cuando la necesitaba.
Mauricio empezó a quedarse más tiempo en la oficina de la constructora donde trabajaba.
Algunas noches recibía llamadas y se encerraba en el patio para hablar.
Hasta que, 5 semanas atrás, sucedió algo imposible.
Elena despertó y distinguió una mancha clara frente a la ventana.
Pensó que lo había imaginado.
Al día siguiente volvió a verla.
Después aparecieron sombras.
Contornos.
Movimiento.
Sin decirle nada a Mauricio, pidió a su hermana Verónica que la acompañara con el oftalmólogo.
Después de varios estudios, el médico se sentó frente a ella.
—La lesión está evolucionando mejor de lo esperado.
Elena apretó las manos.
—¿Voy a volver a ver?
—No puedo prometerle una recuperación completa.
Pero sí puedo decirle que su visión está regresando.
Elena lloró.
Su primer impulso fue llamar a Mauricio.
Pero se detuvo.
Después de 2 años dependiendo de él, quería regalarle algo hermoso.
Quería esperar hasta poder reconocer su rostro.
Mirarlo directamente.
Decirle:
—Te estoy viendo.
Así que guardó el secreto.
Durante las semanas siguientes comenzó a distinguir muebles, colores fuertes y siluetas.
Mauricio no sospechó nada.
Hasta el jueves por la noche.
Habían discutido durante la cena porque Mauricio olvidó recoger unos medicamentos.
—También tengo trabajo, Elena.
—Nunca dije que no.
—Pero lo haces sentir así.
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