Estaba muerto.
No podía defenderse.
No podía explicarme nada.
Y yo no tenía ninguna prueba.
Entonces, una noche, alguien llamó a mi puerta.
Abrí.
Y todo mi cuerpo se quedó paralizado.
Era ella.
La mujer de las grabaciones del hospital.
Parecía agotada.
Tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando.
Y sostenía contra el pecho un sobre sellado.
—¿Usted es Claire? —preguntó.
—Sí.
—¿Quién es usted?
Tragó saliva.
—Me llamo Mara.
Me quedé mirándola.
—¿Por qué visitaba a mi esposo?
En lugar de responder, me entregó el sobre.
—Jack me pidió que se lo entregara.
—Eso no fue lo que le pregunté.
—Lo sé.
Su voz era muy baja.
—Me hizo prometer que se lo entregaría después de su muerte.
Comencé a temblar.
—¿Qué hay dentro?
Mara me miró durante unos segundos.
Entonces preguntó:
—Así que realmente no sabe qué le dejó, ¿verdad?
Había algo en su voz que me asustó más que cualquier otra cosa.
Tomé el sobre.
En la primera página estaba la letra de Jack.
Comencé a leer.
Y en cuestión de segundos sentí que las piernas casi me fallaban.
Porque aquella carta no hablaba de otra mujer.
Hablaba de un niño de cinco años del que jamás había oído hablar.
Se llamaba Ethan.
Y Jack había escrito que, si lograba encontrarlo, finalmente entendería por qué me había ocultado tantas cosas.
Leí la carta dos veces.
