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Presenté otra denuncia, entregué las capturas y solicité que reforzaran las medidas de protección.
La directora de la escuela recibió instrucciones de no entregar a Camila a nadie que no estuviera expresamente autorizado.
Mi vecina, la señora Rosario, empezó a acompañarme algunas tardes cuando regresábamos de las consultas.
Durante todo ese tiempo, Camila intentaba recuperarse.
Tenía dificultades para comer y necesitaba una dieta especial. Cada consulta médica le provocaba ansiedad.
Por las noches despertaba llorando.
—Mamá, ¿ya cerraste la puerta?
—Sí, mi amor.
—¿El tío Mauricio sabe dónde estamos?
Yo le explicaba que había adultos trabajando para mantenerla segura.
Pero comprendía perfectamente por qué tenía miedo.
No era solamente el golpe.
Era recordar a quince personas mirando cómo sufría sin que ninguna interviniera.
La psicóloga infantil que comenzó a atenderla me explicó que necesitaríamos paciencia, rutinas estables y mucha tranquilidad.
También me recomendó no obligarla a convivir con personas que relacionaba con la agresión.
Sin embargo, Carmen no estaba dispuesta a respetar ni siquiera eso.
Una semana después de que Camila regresó a casa, la llevé al hospital para revisar su recuperación.
Al salir al estacionamiento encontramos a Andrés, Carmen y cuatro familiares esperándonos junto a mi automóvil.
Camila se escondió inmediatamente detrás de mí.
—Necesitamos hablar —dijo Andrés.
—No aquí. Y mucho menos delante de ella.
Carmen avanzó hacia mi hija.
—Camila, preciosa, dile a tu mamá que el tío Mauricio no quiso hacerte daño.
La niña empezó a temblar.
—No se acerque —advertí.
—¡Soy su abuela!
—Y debería estar preocupada por su recuperación.
Una tía soltó una carcajada.
—Ahora resulta que todos tenemos que pedir permiso para hablar con una niña. Antes los niños se caían, perdían dientes y nadie hacía semejante drama.
—Camila tiene dos fracturas en la mandíbula.
—Porque se metió donde no debía —respondió Carmen.
Aquellas palabras me dejaron sin aliento.
Uno de los primos de Andrés colocó ambas manos sobre el cofre de mi automóvil.
—No se van hasta que prometas retirar la denuncia.
Yo ya estaba grabando la conversación.
—Quítese de mi coche.
—Primero vamos a resolver esto.
Saqué mi teléfono y llamé al 911.
Andrés intentó acercarse para quitármelo.
—¡Deja de hacer un espectáculo!
Retrocedí y grité pidiendo ayuda.
Un guardia del hospital y dos personas que estaban cerca acudieron inmediatamente.
Los familiares comenzaron a dispersarse.
Cuando llegaron los policías, entregué la grabación y expliqué lo sucedido.
Todo quedó documentado y se informó al Ministerio Público.
Esa noche Andrés me escribió:
«¿De verdad quieres meter a toda mi familia en problemas?».
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