Y porque, cuando pregunté por ti, dijo que ya te habías marchado.
Fabián intervino.
—¿Pero cómo obtuviste mi custodia?
Daniel abrió otra carpeta.
Allí estaban las copias de su reconocimiento de paternidad, el acta de nacimiento y una resolución judicial de años posteriores que había regularizado su situación como padre custodio.
No había existido una adopción por extraños.
Daniel había reconocido legalmente a nuestro hijo.
Según los documentos que se presentaron entonces, yo había consentido que el niño viviera con él.
—Tu padre me ayudó con los trámites —explicó—.
Decía que era lo mejor para todos.
Miré aquellos papeles y recordé las amenazas en el hospital.
Mis padres nunca habían querido entregar a Fabián a desconocidos.
Habían querido separarme de Daniel, quitarme a mi hijo y convencer a cada uno de que el otro nos había abandonado.
Pero quedaba una pregunta.
—¿Por qué mi tío Roberto aparece en los documentos?
Daniel mostró un recibo con el membrete de su despacho.
El concepto decía: “Servicios de gestión documental y asesoría familiar”.
La cantidad era de 18,000 pesos.
La fecha correspondía a 2 días después del nacimiento de Fabián.
Mi tío había cobrado por intervenir en aquella separación.
Y durante 31 años me había visto llorar por mi hijo sin confesar su participación.
Fabián pidió que no sacáramos conclusiones antes de revisar los expedientes originales.
Tenía razón.
Los recuerdos, las cartas y las copias mostraban lo que probablemente había ocurrido, pero necesitábamos documentos oficiales para demostrarlo.
Los siguientes días fueron extraños.
Mientras me recuperaba de la operación, mi hijo entraba a mi habitación con la misma bata blanca con la que había aparecido por primera vez.
A veces hablábamos de medicina.
Otras, de su infancia.
Me contó que Daniel lo había llevado a partidos de fútbol, que aprendió a manejar en una vieja camioneta y que decidió estudiar medicina después de ver a su padre recuperarse de un accidente laboral.
—¿Fuiste feliz? —le pregunté una mañana.
Fabián sonrió.
—Sí.
Mi papá hizo todo lo posible.
Aquella respuesta me llenó de alivio y tristeza al mismo tiempo.
Mi hijo había sido amado.
Pero yo no había estado allí para verlo crecer.
Una tarde saqué de mi bolso uno de los zapatitos azules que había tejido cuando estaba embarazada.
Lo guardaba dentro de una pequeña bolsa de tela para que no terminara deshaciéndose.
