La carpeta, las amenazas, la cuna desaparecida y los zapatitos que todavía guardaba.
Él permaneció inmóvil.
—Mi papá siempre dijo que usted decidió empezar otra vida.
—Eso es mentira.
Fabián sacó una fotografía del teléfono.
Se veía una hoja amarillenta con mi nombre completo, una firma y una fecha.
—Papá conservó esto.
Dice que sus padres se lo entregaron cuando vino a buscarla.
Me acerqué cuanto pude.
La firma parecía mía.
Sin embargo, algo no encajaba.
—Fabián, esa fecha corresponde a 3 días antes de tu nacimiento.
—Sí.
—Yo todavía estaba embarazada.
Y ese día ni siquiera fui al hospital.
Él volvió a examinar la imagen.
—¿Entonces qué firmó usted?
—Unos papeles después de que naciste.
Tu abuelo no me dejó conservar una copia.
Fabián me explicó que Daniel había regresado a Puebla después de enterarse del parto.
Mis padres le mostraron aquel documento y le aseguraron que yo había renunciado voluntariamente al niño.
Después lo convencieron de marcharse con él y no buscarme.
—Mi padre me crió solo —dijo—.
Nunca se volvió a casar.
Entonces comprendí algo espantoso.
Durante 31 años, Daniel había pensado que yo no quería a nuestro hijo.
Y yo había creído que unos desconocidos lo habían adoptado.
Le pedí a Fabián que llamara a su padre.
Tardó varios minutos en decidirse.
Cuando finalmente marcó, puso el teléfono en altavoz.
—Papá, necesito preguntarte algo. ¿Quién te entregó a mí cuando nací?
—Tu abuelo materno —contestó Daniel—. ¿Por qué?
—¿Y dónde estaba Elena?
Hubo un silencio.
—Su padre me dijo que ella no quería verme.
—Papá, estoy con ella.
Escuché una respiración agitada.
—¿Con Elena?
—Sí.
Es mi paciente.
Dice que la obligaron a firmar.
Daniel comenzó a llorar.
—Fabián, hay algo que nunca te conté.
Mi hijo apretó el teléfono.
—¿Qué cosa?
—Antes de llevarte a Querétaro, volví una última vez a casa de tus abuelos.
Tu abuela estaba sola y me entregó una carta que, según ella, había escrito Elena.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Qué decía? —pregunté.
Daniel tardó en responder.
—Que te avergonzabas de mí.
