Cuando mi hijo se enteró de que necesitaba una operación urgente, me quitó los 285 mil pesos que había ahorrado y dijo: “Mamá, a tu edad es mejor no gastar en médicos”. Creyó que me quedaría llorando y esperando su ayuda. Pero yo encontré la factura de una camioneta y preparé todo en silencio. La mañana de mi cirugía, él recibió una sorpresa que jamás imaginó…
Por primera vez comprendí que mi hijo no solamente era egoísta. Había comenzado a organizar una vida en la que yo ya no existía.
Mi departamento era lo único que conservaba después de cuarenta años de matrimonio. Manuel y yo lo pagamos peso por peso. Nunca imaginé que nuestro hijo pudiera verlo como una herencia disponible antes de tiempo.
El lunes llegó mi nieta Camila, de veinte años. Estudiaba enfermería y trabajaba algunas tardes en una farmacia.
Era la única persona que me visitaba para preguntarme cómo estaba mi pierna.
Le enseñé el estado de cuenta.
—Abuelita, ¿mi papá hizo esto?
Asentí.
Camila rompió a llorar.
—Sabía que tenía problemas económicos, pero jamás pensé que fuera capaz de quitarte el dinero de la operación.
—Dice que lo usó para pagar deudas.
Mi nieta guardó silencio.
Luego recordó algo.
—La semana pasada, mi mamá no dejaba de reclamarle por su aniversario. Le decía que llevaba años prometiéndole un regalo especial. El viernes salieron juntos y regresaron felices.
Aquello me dejó una sensación horrible.
El doctor Ramírez había conseguido aplazar mi cirugía solamente dos semanas. Si no reunía el dinero, tendría que cancelar la fecha.
Mientras tanto, Sergio seguía sin contestar mis llamadas.
El jueves apareció inesperadamente en mi departamento.
Entró con la llave que le había dado años atrás y fue directamente a mi recámara.
Lo encontré revisando un cajón.
—¿Qué buscas?
—Las escrituras, mamá. Necesito tenerlas a la mano por si te pasa algo.
—¿Y qué tendría que pasarme?
—No te hagas. Tú sabes cómo estás de salud.
Le indiqué dónde estaba una carpeta azul. Sergio la tomó y se la llevó sin pedirme permiso.
Antes de irse, miró hacia el clóset.
—¿Qué tienes en esa caja de zapatos?
Sentí un escalofrío.
Allí estaban los documentos de la camioneta.
—Fotografías de tu papá —mentí—. Si quieres, podemos verlas juntos.