—¡Pero tú me enseñaste que siempre debía decir la verdad!
Aquellas palabras le atravesaron el pecho.
Esa misma mañana, durante la despedida, Gabriel había besado la frente de Valeria.
Su piel no estaba tan fría como esperaba.
Cuando preguntó al empleado funerario, este atribuyó la sensación a las condiciones de la sala.
También recordó algo más.
La noche anterior a su supuesta muerte, Valeria había estado especialmente nerviosa.
Trabajaba en una clínica privada donde recientemente habían aparecido irregularidades en los suministros médicos.
Rodrigo era director administrativo de una empresa que abastecía a ese establecimiento.
Durante la cena, Valeria recibió una llamada.
Al reconocer el número, palideció.
—¿Todo bien? —preguntó Gabriel.
—Hay algo que necesito contarte.
Pero mañana, cuando Mateo esté en la escuela.
Después le tomó la mano.
—Si alguna vez me pasa algo extraño, prométeme que no confiarás ciegamente en Rodrigo.
Gabriel había pensado que se trataba de una discusión familiar.
Ahora aquellas palabras parecían una advertencia.
—Voy a llamar a emergencias —anunció.
Rodrigo se interpuso inmediatamente.
—¿Te volviste loco? ¡Ya está enterrada! ¿Quieres convertir su funeral en un espectáculo?
—Mi hijo asegura que escuchó a su madre.
—¡Es un niño de 7 años!
—Y tú pareces demasiado interesado en que nadie compruebe nada.
Rodrigo retrocedió.
Gabriel marcó al 911, explicó las circunstancias y pidió intervención urgente.
La operadora solicitó la ubicación exacta y comunicó el reporte a los servicios correspondientes.
Mientras llegaban las autoridades, pidió al administrador del panteón que suspendiera cualquier trabajo sobre la sepultura.
Una patrulla y una ambulancia aparecieron poco después.
Los policías escucharon a Gabriel, tomaron los datos del entierro y solicitaron la intervención de la Fiscalía.
Debido a la posibilidad de una persona con signos vitales, los equipos permanecieron preparados mientras se coordinaba una revisión de emergencia.
Rodrigo caminaba nerviosamente junto a su camioneta.
—Esto es absurdo —repetía.
Tras la autorización correspondiente, los trabajadores retiraron cuidadosamente la tierra y abrieron la bóveda bajo supervisión.
Mateo permaneció abrazado a Gabriel.
—Papá, ¿ya van a sacar a mamá?
—Van a revisarla, hijo.
Cuando trasladaron el ataúd a una zona protegida, el personal sanitario entró para efectuar la valoración.
Pasaron varios minutos.
Gabriel comenzó a pensar que había cometido el error más doloroso de su vida.
Entonces escuchó un golpe seco procedente del interior.
Uno de los paramédicos gritó:
—¡Traigan el monitor! ¡Ahora!
La puerta se abrió y apareció una doctora con el rostro desencajado.
—Señor Mendoza, necesitamos trasladar a su esposa inmediatamente.
Gabriel apenas consiguió hablar.
