Acababa de sacar a mi hija del hospital, sin saber si algún día volvería a caminar, cuando una adivina se acercó y dijo su nombre completo. Después susurró: “Tu esposa me habló de ella antes de morir”. Me quedé paralizado. Fingí creerle y acepté visitar su casa. Pero cuando mi hija vio a aquella mujer, empezó a temblar y pronunció unas palabras que cambiaron todo.
Se presentó como doña Jacinta. Me aseguró que llevaba cuarenta años ayudando a personas que los médicos habían desahuciado.
—Tu niña tiene el miedo atorado en el cuerpo —explicó—. Yo puedo quitárselo.
Me entregó una dirección escrita en un papel.
Al día siguiente fui.
Su casa estaba en las afueras de Guadalajara. Tenía un portón verde, macetas enormes y varias mujeres esperando afuera.
Dentro olía a hierbas quemadas.
Doña Jacinta observó a Sofía durante unos segundos.
—Lucía le ponía un calcetín rayado en la mano izquierda para que no se mordiera los dedos mientras dormía, ¿verdad?
Me quedé paralizado.
Era verdad.
—Y a tu esposa le gustaba ponerle una pizquita de sal al café.
También era cierto.
Sentí que las piernas me flaqueaban.
Jacinta explicó que una desgracia perseguía a las mujeres de nuestra familia y que Sofía sería la siguiente víctima si no realizábamos tres ceremonias de limpieza.
Cada ceremonia costaba treinta y ocho mil pesos.
Yo apenas tenía diecinueve mil disponibles.
—La vida de tu hija vale más que cualquier dinero —me dijo.
Le entregué doce mil pesos como anticipo.
Cuando estaba por levantar a Sofía para marcharnos, noté que mi pequeña temblaba. Tenía los ojos fijos en la mujer.
—¿Qué pasa, mi amor?
Sofía intentó hablar. Después de varios esfuerzos consiguió murmurar:
—No… papá…
Jacinta se acercó y sonrió.
—No te preocupes. La niña solamente está recordando.
Entonces pronunció una frase que me dejó sin respiración:
—Sofía ya estuvo aquí muchas veces. Su mamá la traía conmigo cuando tú estabas trabajando.
Miré a mi hija.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Y comprendí que había algo terrible detrás de aquella mujer, algo que Lucía se había llevado a la tumba sin contarme.
Lo que descubrí esa misma noche fue mucho peor de lo que habría podido imaginar.
PARTE 2
Aquella noche esperé hasta que Sofía se quedó dormida para entrar en nuestra recámara.
Desde el funeral no había tenido valor de tocar las cosas de Lucía.
Su bata seguía colgada detrás de la puerta. Sus zapatos estaban perfectamente acomodados y todavía quedaba un frasco de su perfume sobre el tocador.
Buscaba una explicación para los secretos que conocía Jacinta.
Recordé que mi esposa guardaba sus documentos personales en el último cajón del clóset.
Cuando lo abrí, encontré una libreta de cuadros escondida debajo de varias blusas.
En la primera página aparecía una fecha de catorce meses atrás.
Debajo, una palabra escrita con letras enormes:
TUMOR.
Sentí un golpe en el pecho.
La primera anotación decía:
“Resonancia magnética. Encontraron una lesión en el cerebro. Debo acudir urgentemente con el especialista. Tengo muchísimo miedo”.