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Aun así, aquella resolución permitió que otras familias fueran escuchadas.
Mientras tanto, mi vida comenzó a girar alrededor de pequeños avances.
La primera vez que Sofía consiguió permanecer de pie durante diez segundos en rehabilitación, lloré.
Cuando caminó tres metros con ayuda de una andadera, llamé a mi suegra.
Cuando pronunció una oración completa sin quedarse bloqueada, compramos un pastel de chocolate para celebrarlo.
No fue rápido.
Hubo días en que mi hija volvía a tener miedo de moverse.
Otros en que sus piernas temblaban tanto que prefería permanecer sentada.
Aprendí a no presionarla.
Aprendí que una caída no borraba los pasos anteriores.
Y, sobre todo, aprendí a escucharla.
Antes, cuando regresaba cansado del trabajo, preguntaba cómo había estado su día mientras revisaba pendientes.
Ahora me sentaba frente a ella y esperaba todo el tiempo que necesitara para contestar.
Hablábamos de la escuela, de sus amigas y de Lucía.
Nunca intenté borrar a su mamá de nuestra casa.
Conservé su fotografía favorita en una repisa baja, a la altura de los ojos de Sofía.
En ella aparecía sonriendo, con el cabello alborotado y los ojos entrecerrados por el sol.
Algunas noches mi hija me pedía que le contara historias.
Le hablaba de cómo Lucía quemaba las tortillas cuando estaba distraída.
De cómo cantaba canciones viejitas mientras lavaba los platos.
De cómo siempre decía que las flores del mercado olían mejor que las de cualquier tienda elegante.
Sofía escuchaba atentamente.
Después preguntaba:
—¿Me quería mucho?
Yo la abrazaba.
—Más de lo que alcanzan todas las palabras, mi conejita.
Pasó casi un año desde aquella confrontación.
Sofía ya podía caminar distancias cortas utilizando un bastón.
Seguía asistiendo a rehabilitación y todavía necesitaba apoyo en algunas actividades.
Pero volvía a reírse.
Volvía a discutir conmigo porque no quería comer verduras.
Volvía a imaginar juegos.
Una mañana de domingo yo estaba lavando los trastes cuando escuché el golpeteo de su bastón en el pasillo.
—¿Papá?
—Aquí estoy, corazón.
Al voltear, la vi parada en la entrada de la cocina.
Llevaba un vestido rosa y tenía el cabello recogido con una pinza que había pertenecido a Lucía.
—Quiero enseñarte algo.
Me sequé las manos.
—Claro, mi amor.
Sofía apoyó el bastón contra la pared.
Mi primer impulso fue correr a sostenerla.
Pero ella negó suavemente con la cabeza.
—Puedo intentarlo.
Me quedé cerca, preparado por si perdía el equilibrio.
Mi hija levantó los brazos.
Dio un paso.
Después otro.
Se detuvo para recuperar estabilidad.
Respiró profundamente.
Y continuó.
Atravesó lentamente la pequeña distancia que la separaba de la repisa donde estaba la fotografía de su madre.
Cuando llegó, apoyó una mano sobre el mueble.
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