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Cuando terminaron de cargar, se acercó.
—Espero que esté contenta, señora Elvira. Ya tiene su casa para usted sola.
La observé tranquilamente.
—No quería quedarme sola, Karla. Quería que me respetaran.
Ella apretó los labios.
—Algún día entenderá que solamente intentábamos tener una vida mejor.
—Una vida mejor no se construye humillando a quien te ayudó a levantarla.
No contestó.
Subió a la camioneta.
Adrián se quedó conmigo unos minutos más.
Tenía ojeras profundas y la barba descuidada.
Me entregó el control del portón y las llaves que conservaba.
—Aquí están, mamá.
Las recibí.
Él miró hacia la casa.
—Nunca pensé que terminaríamos así.
—Yo tampoco.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Perdóname. Por cambiar la cerradura, por quitarte tu habitación, por permitir que tiraran tus cosas… Por hacerte sentir que no eras bienvenida.
Era la primera vez que mencionaba exactamente lo que había hecho.
No hablaba de sus deudas ni de haber perdido la comodidad.
Hablaba de mi dolor.
Eso me conmovió.
Pero no lo suficiente para borrar lo ocurrido.
—Gracias por reconocerlo, Adrián.
—¿Podemos empezar de nuevo?
Respiré profundamente.
—No se empieza de nuevo fingiendo que nada ocurrió. Se empieza haciendo las cosas diferentes, aunque lleve tiempo.
Mi hijo asintió.
Quiso abrazarme, pero se detuvo, esperando mi reacción.
Me acerqué y le acaricié la mejilla, como hacía cuando era niño.
—Cuídate mucho.
Adrián rompió a llorar.
Después se marchó.
Observé la camioneta hasta que desapareció al doblar la esquina.
Entonces entré a mi casa.
El silencio era enorme.
Pero por primera vez en meses no me pareció triste.
Me pareció mío.
Al día siguiente abrí todas las ventanas.
Dejé entrar el aire fresco y recorrí cada habitación.
La sala parecía salida de una revista de decoración, pero nada allí me representaba.
Llamé a don Ernesto, un señor que compraba muebles usados cerca del centro de Puebla.
Le vendí la mesa negra, algunas sillas y otros artículos que habían quedado legalmente bajo mi propiedad.
Cuando vio el comedor, silbó sorprendido.
—Doña Elvira, esta mesa cuesta una fortuna. ¿Segura que quiere venderla?
La acaricié una última vez.
Recordé aquella noche en que no me permitieron sentarme allí.
—Segurísima. Hay muebles demasiado caros para lo poco que valen los recuerdos que dejan.
Con una parte del dinero compré un aparador de madera.
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