A mis 67 años, mi propio hijo cambió la cerradura de mi casa y me mandó a dormir en un cuarto húmedo. “Aquí estarás mejor, mamá. El comedor nuevo es para nuestras visitas”, dijo mientras su esposa sonreía. Yo había trabajado 35 años para pagar ese techo. Solo asentí, cerré la puerta de mi cuarto y marqué un número que llevaba años sin utilizar. No estaban preparados para lo que venía.
—A partir de hoy, usted va a comer en el cuarto de atrás, doña Elvira. El comedor nuevo es para nosotros y nuestras visitas. No queremos que lo ensucie.
Mi nuera pronunció esas palabras mientras acomodaba un florero sobre una mesa de ocho sillas que yo había pagado con mis ahorros.
Tengo 67 años, me llamo Elvira Mendoza y trabajé durante 35 años en un banco de Puebla. Nunca imaginé que, después de pasarme la vida pagando mi casa, terminaría siendo tratada como una estorbo dentro de ella.
Compré aquella propiedad en la colonia La Paz cuando mi hijo Adrián apenas tenía siete años. Mi esposo había fallecido y yo trabajaba jornadas interminables para que nunca nos faltara nada.
La casa no era lujosa, pero era mía. Tenía pisos de madera, un aparador antiguo, fotografías familiares y un helecho enorme que cuidaba desde hacía veinte años.
Adrián creció allí. Le pagué la universidad, lo ayudé con su boda y siempre procuré darle más oportunidades de las que yo había tenido.
El problema comenzó cuando él y su esposa, Karla, perdieron el departamento que rentaban.
—Mamá, ¿por qué no vivimos contigo? Así no estás sola y nosotros podemos ayudarte —me propuso.
Acepté encantada.
Pero apenas se instalaron, Karla empezó a criticarlo todo.
—Esta cocina parece de hace cincuenta años. El piso está horrible. Y esos muebles viejos hacen que la casa parezca museo.
Adrián propuso una remodelación.
—Tú tienes algunos ahorros, mamá. Nosotros ponemos otra parte y dejamos la casa preciosa.