Simplemente lo miré y le dije: «No, Raymond. Soy una mujer a la que de verdad amaron.
Hay una diferencia».
Dio media vuelta y no volvió.
Esa primavera me mudé a la antigua casa de Thomas.
Ahora, cada domingo por la mañana, me preparo una taza de café solo, me siento junto a la ventana y abro una de sus cartas.
Algunas hablan de su rutina diaria, otras de cómo le hubiera gustado que fuera nuestra vida, pero todas me recuerdan una cosa: nunca me olvidó.
Incluso después de su partida, Thomas encontró la manera de protegerme.
