Después se volvió hacia el abogado.
—¿Cree que realmente me amó durante todo ese tiempo?
El hombre la miró con comprensión.
—Señora Helen, durante los últimos meses pasé muchas horas con él. Hablaba de usted todos los días. A veces tenía la impresión de que su vida se había detenido en el instante en que usted se marchó. Cuando volvió a encontrarla, fue la primera vez en muchos años que lo vi verdaderamente feliz.
Aquellas palabras llegaron a Helen más profundamente que cualquier otra cosa.
Richard ya no estaba vivo. No podía abrazarlo, hacerle más preguntas ni decirle que lo perdonaba.
Pero aún podía decidir qué hacer con todo lo que él le había dejado.
Unos días después, visitó la casa de Richard.
Al abrir la puerta, percibió el aroma familiar de la madera y de los libros antiguos. En el salón había una taza de la que Richard probablemente había bebido té antes de que lo llevaran al hospital. En una estantería descansaban fotografías de sus padres y, junto a ellas, un pequeño marco que la hizo detenerse.
Era una fotografía suya de juventud.
Helen se llevó la mano a la boca.
En el despacho encontró varias cajas llenas de cartas y diarios. Richard había escrito en ellos recuerdos de los momentos que compartieron, pero también había dejado constancia de las ocasiones en que quiso buscarla y, al final, no se atrevió.
En una de las páginas leyó:
«Hoy he creído verla entre la multitud de la estación. No era ella. Aun así, corrí detrás de aquella mujer porque, durante un segundo, llegué a creer que había regresado».
Helen se sentó en un sillón y rompió a llorar.
