—Quería dársela. Me pidió varias veces que le ayudara a preparar todo. Pero, cada vez que llegaba el momento de contarle la verdad, cambiaba de opinión. Temía que las últimas semanas que podían pasar juntos se vieran arruinadas por los remordimientos y por preguntas que ya no tendría fuerzas para responder.
Helen cerró los ojos.
Podía comprender sus temores. Sin embargo, le dolía pensar en todos aquellos años durante los cuales podrían haber estado juntos si alguno de los dos se hubiera atrevido a dar un paso diferente.
Entonces reparó en que aún quedaba otro sobre dentro de la caja.
Era más pequeño que el primero y llevaba su nombre escrito en la parte delantera.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Richard quería entregárselo personalmente —respondió el abogado—. También me pidió que le transmitiera algo.
Helen desplegó la segunda carta.
Esta vez solo contenía unas pocas frases.
«Helen, te he dejado la casa en la que viví. No lo he hecho para atarte a mí, sino porque quiero que tengas un lugar donde puedas descansar y ser feliz. En el despacho encontrarás todas nuestras fotografías antiguas, mis diarios y las cartas que nunca llegué a enviarte.
No quiero que allí veas únicamente todo lo que perdimos. Quiero que encuentres también aquello que la vida sí nos permitió compartir.
Nos convertimos en marido y mujer, Helen. Para mí, eso significó más de lo que jamás podría expresar con palabras.
Gracias por permitirme cumplir mi último sueño».
Helen permaneció en silencio durante un largo rato.
