Solo entonces comprendió hasta qué punto sus vidas habían permanecido unidas, a pesar de que habían pasado la mayor parte de los años separados.
Durante los meses siguientes, comenzó a regresar regularmente a la casa de Richard. Arregló el jardín, que llevaba mucho tiempo abandonado, plantó rosales bajo la ventana y volvió a reunirse con personas a las que casi había olvidado debido a la soledad.
Una tarde se detuvo frente a la estación de autobuses.
Era mucho más moderna que aquella que había conocido a los diecisiete años. Pero cerró los ojos por un momento e imaginó al joven Richard de pie en aquel lugar, suplicándole que se quedara.
Esta vez, sin embargo, imaginó un desenlace diferente.
Se vio acercándose a él, tomándolo de la mano y diciéndole que ella también lo amaba.
Después abrió los ojos y sonrió entre lágrimas.
No podía cambiar el pasado.
Pero, por fin, había conseguido perdonarlo.
Y quizá aún más importante: también había conseguido perdonarse a sí misma.
Un año después, organizó una pequeña reunión en el jardín de la casa de Richard. Invitó a sus amigos, a los vecinos y a varias enfermeras del hospital que habían cuidado de él.
Sobre la mesa colocó una fotografía de su boda. A su lado descansaba el colgante de plata con forma de corazón.
Helen se puso de pie y brindó brevemente.
—Algunas personas creen que, si el amor termina, es porque nunca fue verdadero. Hoy sé que no es así. A veces, dos personas se separan porque son jóvenes, tienen miedo o creen que deben anteponer otras responsabilidades. Y, en ocasiones, la vida solo les ofrece una segunda oportunidad muchas décadas después.
Hizo una pausa.
