Sin embargo, incluso en tan poco tiempo, Helen pudo volver a conocer la verdadera felicidad. Después de tantas décadas, el destino por fin les había concedido la oportunidad de estar juntos.
Entonces Richard murió.
Helen quedó destrozada por el dolor. Pensaba que nada podía doler más que perder al hombre al que había vuelto a encontrar después de tantos años.
Pero todavía no sabía que estaba a punto de descubrir algo mucho más sorprendente.
A la mañana siguiente del funeral, alguien llamó a la puerta de su casa.
En el umbral estaba el abogado de Richard. Entró, dejó una pequeña caja de madera sobre la mesa y miró atentamente a la viuda.
—Su marido le dejó algo muy especial —dijo—. Pero antes de que la abra, debe saber que los últimos meses de su vida no fueron exactamente como usted imaginaba.
Helen sintió que se le entumecían los dedos.
—¿Qué quiere decir?
El abogado guardó silencio durante unos segundos. Después acercó la caja hacia ella.
—Richard me pidió que se la entregara únicamente después de su muerte. Quería que primero comprendiera cuánto la amaba y que solo después descubriera la verdad que había mantenido oculta durante todos estos años.
Helen levantó lentamente la tapa.
Dentro había algo que jamás habría esperado encontrar.
Cuando comprendió lo que Richard había conservado durante tanto tiempo, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Se cubrió la boca con la mano y susurró:
—Dios mío… Richard, ¿por qué nunca me lo dijiste?
Con las manos temblorosas, Helen sacó de la caja una fotografía antigua, un sobre amarillento y un pequeño colgante de plata con forma de corazón.
En la fotografía aparecían dos jóvenes frente a la estación de autobuses. La muchacha tenía los ojos llenos de lágrimas y el chico le sujetaba la mano.
