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—¡Ni siquiera teníamos que salir del departamento todavía! ¡Todo esto fue idea de ustedes!
Y en aquel instante comprendí que la supuesta remodelación escondía una mentira mucho mayor.
PARTE 3
—Repítelo, Lorena —pedí, sintiendo que la voz me temblaba—. ¿Qué acabas de decir?
Mi cuñada miró a Javier, después a mi suegra y finalmente a Daniel.
—Que no era necesario mudarnos todavía. El dueño nos había dado tiempo para resolver lo de la tubería, pero Teresa dijo que sería mejor venirnos aquí.
Javier intentó interrumpirla.
—Lorena, ya cállate.
—¡No! —respondió ella—. Estoy cansada de que todos hagamos planes y luego me dejen a mí como la irresponsable delante de los niños.
El silencio que siguió fue insoportable.
Yo había pasado toda la noche pensando que una familia necesitaba refugio mientras reparaban una vivienda inhabitable.
Había sentido culpa por negarme.
Incluso estaba dispuesta a pagarles alojamiento temporal.
Y ahora descubría que aquella emergencia había sido exagerada deliberadamente.
—¿Qué le pasó realmente al departamento? —pregunté.
Javier apretó la mandíbula.
—Se reventó una tubería debajo del fregadero. Se mojó parte de la cocina y el dueño tiene que reparar.
—¿Toda la vivienda quedó inutilizable?
—No exactamente.
—¿Cuánto tardaría la reparación?
—El plomero dijo que probablemente una semana.
Miré a Daniel.
—¿Una semana? ¿Y tú aceptaste que se quedaran seis meses?
Mi esposo parecía incapaz de sostenerme la mirada.
Teresa intervino nuevamente.
—¡Porque Javier necesita ahorrar! ¿Qué tiene de malo que un hermano ayude a otro?
—Ayudar es ofrecer lo que uno puede —respondí—. Lo que ustedes hicieron fue disponer de lo que no les pertenecía.
Mi suegra señaló la fachada.
—¡Esta casa también es el hogar de mi hijo!
—Claro que lo es. Pero eso no le da derecho a engañarme ni a regalarles nuestra privacidad.
Entonces me volví hacia Daniel.
—Quiero que me contestes delante de todos. ¿Pensabas dejar que tu hermano viviera aquí medio año sin decirme la verdad?
Daniel tragó saliva.
—Pensé que, cuando estuvieran aquí, podríamos organizarnos.
—No te pregunté eso.
—Sí —murmuró.
Aquella palabra terminó de romper algo dentro de mí.
Durante siete años había defendido a mi esposo frente a quienes decían que era demasiado dependiente de su madre.
Siempre encontraba explicaciones para sus decisiones.
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