A las nueve de la noche, mi suegra llamó para informarme que al día siguiente se mudaría con toda la familia de su hijo menor a mi casa. “Son solo dos meses, deja de ser egoísta”, aseguró. Mi esposo respaldó su decisión sin consultarme. Yo solo recogí mis documentos y preparé unas cajas. Cuando llegaron con sus maletas, no sabían que yo había descubierto el verdadero motivo de aquella mudanza. Advertisements
—Esta casa también es mi hogar. No puedes decidir algo así sin hablar conmigo.
Daniel suspiró con fastidio.
—Siempre quieres controlar todo. Mi madre tiene razón: últimamente te cuesta mucho compartir.
Aquellas palabras me dolieron más que la llamada.
No discutí.
Esa madrugada abrí el archivero donde guardaba las escrituras, revisé mis documentos y llamé a una abogada conocida. También confirmé que el pequeño departamento que tenía como inversión en Centro Sur seguía desocupado después de la salida de sus últimos inquilinos.
A las seis y media de la mañana contacté a una empresa de mudanzas con la que había trabajado.
A las ocho y cuarenta llegaron los primeros trabajadores.
Empezaron por mi computadora, mis planos, mis libros y los muebles de mi estudio.
Después sacaron mi ropa, mis documentos personales y las fotografías de mi padre.
Daniel apareció en la puerta, todavía con su taza de café.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Lo mismo que tú hiciste anoche —respondí—. Tomar una decisión sobre mi propia vida.
Su expresión cambió cuando vio los camiones.
Y justo cuando iba a contestarme, un automóvil familiar se estacionó frente a nuestra cochera.