Pero Egor responde:
«Tengo cincuenta y cinco años. Tú tienes treinta y cinco. Soy analfabeto. Te avergonzarás de mí…»
Lo que sucede después cambia su vida para siempre.
Continúa en el primer comentario.
Tras su divorcio, Lyudmila, de 35 años, dejó la ciudad y se mudó a un pueblo remoto. Compró una casa antigua, la reformó ella misma y poco a poco se adaptó a su nueva vida.
Unas semanas después, conoció a Yegor, un pastor de 55 años. Era un hombre de pocas palabras, amable y sorprendentemente sabio. A pesar de no haber ido nunca a la escuela ni saber leer, la vida le había enseñado más que muchos libros.
Un día, mientras tomaban el té, Lyudmila se ofreció a enseñarle a leer. Yegor solo sonrió:
«Ya lo sé todo sobre la vida. La vivo».
Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había enamorado.
Unos meses después, Lyudmila le confesó sus sentimientos. Pero Yegor intentó negarse:
«Soy viejo. Analfabeto. La gente se reirá».
«Que se rían. Quiero estar contigo», respondió ella.
Cuando empezaron a vivir juntos, todo el pueblo hablaba de ellos. Muchos estaban seguros de que la mujer de la ciudad pronto se marcharía. Pero el tiempo pasó y Lyudmila permaneció cerca. Trabajaba, se encargaba de la casa y era verdaderamente feliz.
Pasó un año.
Una mañana, encontró un viejo libro del abecedario y una breve nota en el porche:
