Un millonario llega a casa sin avisar y encuentra a su ama de llaves durmiendo con sus hijos.

Esa misma noche, Andrei se quedó a cenar con los niños.

Comieron pasta frita preparada por Julia, sencilla, como en casa.

Se rieron.

Sofía le enseñó un dibujo de cuatro personas cogidas de la mano.

«Esos somos nosotros», dijo.

Andrei tragó saliva con dificultad.

En las semanas siguientes, se negó a viajar al extranjero dos veces. Empezó a volver a casa antes de las siete. Iba al parque de Herăstrău con los niños. Se sentaba en un banco sin el móvil.

Y una noche, cuando David se quedó dormido con la cabeza apoyada en su hombro, Andrei se dio cuenta de algo simple y doloroso:

La casa nunca fue demasiado grande.

Simplemente demasiado vacía.

Y no fueron los millones de lei los que le dieron paz.

Sino la gente que sabía quedarse.