Tras la boda de su hijo ocultó 68 millones; 7 días después, su nuera intentó quitarle la casa y destapó un secreto de 28 años

PARTE 2

El domingo, Renata regresó con Mateo, Irma y un contrato preparado por un notario cercano a la familia Castañeda.

La supuesta compradora era Desarrollos Marea Alta, una empresa creada apenas 6 semanas antes. Ofrecía casi 8 millones menos que el valor comercial de la casa y exigía que el dinero se depositara en una “cuenta familiar” a nombre de Mateo.

—La oferta vence mañana —insistió Irma—. Hay que saber retirarse con elegancia.

Teresa leyó cada hoja. En la tercera página encontró una penalización de 1,200,000 pesos si rechazaba la operación. En la última, una declaración donde aceptaba necesitar ayuda para comprender asuntos patrimoniales.

—Así que primero querían mandarme a una residencia y ahora quieren que yo misma declare que no entiendo lo que firmo.

Renata perdió la sonrisa.

—Está viendo enemigos donde no existen.

Teresa puso una tableta sobre la mesa y reprodujo el video del estudio. Todos observaron a Renata revisar cajones y guardar la llave de cobre.

Mateo se volvió hacia su esposa.

—Yo no te pedí que entraras.

—Porque tú nunca haces lo necesario —respondió ella.

La frase dejó al descubierto algo que Renata llevaba meses escondiendo.

Lucía entró al comedor con otra carpeta. Había descubierto que Mateo no era aval de una deuda de 11 millones, como él creía. Era obligado solidario de un crédito por 17,800,000 pesos firmado antes de la boda.

El negocio de eventos de Irma debía casi 24 millones a proveedores y prestamistas privados. Grupo Vértice del Pacífico, vinculado con Desarrollos Marea Alta, no prestaba para recuperar intereses: prestaba para quedarse con propiedades de deudores desesperados.

—Querían entregar mi casa para salvar su empresa —dijo Teresa.

—Era una salida para todos —replicó Irma—. Algún día la casa será de Mateo.

—Algún día no es hoy. Y mi hogar no es una herencia adelantada.

Mateo bajó la mirada. Finalmente confesó que Irma le había hablado de usar la casa como “respaldo temporal”. Él había pedido que no presionaran a Teresa, pero no le advirtió nada porque faltaban pocas semanas para la boda y Renata lo acusaba de desconfiar de ella.

—Elegiste no saber —dijo Teresa.

—Sí —admitió él.

La cobardía de Mateo no lo convertía en autor del plan, pero tampoco lo dejaba limpio.

Lucía mostró después un anexo del crédito con una lista de propiedades de Teresa y una firma casi perfecta. También llevaba el sello del notario Octavio Ferrer, tío político de Renata.

Las cámaras de la hacienda aportaron la prueba final. La noche de la boda, Renata, Irma, el gestor Saúl Méndez y el notario habían pasado 12 minutos encerrados en un cuarto de proveedores. Al salir, Renata llevaba en su bolso el sello personal de Teresa.

—¿Falsificaste la firma de mi mamá? —preguntó Mateo.

—Queríamos preparar una garantía temporal —respondió Renata—. Tú me prometiste que jamás volvería a perder una casa.

Mateo soltó una risa rota.

—Prometí construir una contigo, no robar la de mi madre.

Renata lloró entonces. Contó que de niña dormía vestida porque Irma cambiaba de vivienda cada vez que no podía pagar la renta. Su miedo a la pobreza era real.

Pero Teresa no cedió.

—Las heridas explican una crueldad. No la borran.

Al día siguiente se presentaron denuncias por falsificación, uso de documentos falsos y fraude en grado de tentativa. El Registro Público bloqueó cualquier movimiento sobre las propiedades. Mateo revocó el poder que había dado a Renata.

Teresa se negó a pagar la deuda de su hijo.

—Voy a ayudarte a defenderte, no a premiar una firma irresponsable.