Parte 1: El sobre que Eduardo había preparado
"Liliana no puede quedarse con esta casa, Alicia. La familia tiene que intervenir."
Esas palabras aún resonaban en mi cabeza cuando mi madre las pronunció en la sala de espera del hospital.
Mi hermano Eduardo acababa de fallecer hacía unos instantes. Sin embargo, en lugar de compartir nuestro dolor, algunos ya hablaban de posesiones, documentos y herencias, mientras que la mujer a la que había amado toda su vida permanecía sentada a pocos metros de nosotros, abrumada por la tristeza.
Liliana mantenía su bastón blanco apoyado contra sus rodillas. Le temblaban ligeramente las manos, pero su rostro permanecía notablemente sereno. En mi mente, una sola frase del cirujano se repetía una y otra vez:
"Hicimos todo lo que pudimos."
Eduardo y Liliana se conocían desde la infancia. Se conocieron en la escuela primaria en Guadalajara. Liliana nació ciega y creció con su abuela tras ser abandonada a muy temprana edad.
Siempre que algún alumno se burlaba de ella, Eduardo intervenía sin dudarlo.
Un día, cuando aún eran niños, declaró con asombrosa determinación:
"Nunca la dejaré sola."
Esa promesa nunca lo abandonó.
Durante sus años de estudiante, Eduardo le leía libros, le describía paisajes, películas, puestas de sol y todas esas pequeñas cosas que sus ojos no podían ver.
Cuando anunció que deseaba casarse con Liliana, mi padre permaneció en silencio.
Mi madre, por otro lado, preguntó fríamente:
