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Solo 3 días antes había declarado públicamente que nuestro matrimonio era una carga.
—¿Qué pasó con Valeria?
Ricardo bajó los ojos.
—Las cosas son complicadas.
—¿Complicadas desde cuándo?
No respondió.
Entonces comprendí que su repentino arrepentimiento tenía muy poco que ver conmigo.
—No voy a regresar contigo, Ricardo.
Se inclinó hacia adelante.
—No estoy pidiendo eso. Solo quiero que seamos razonables. Podríamos renegociar el convenio.
—¿Por qué?
—Porque 800 millones es demasiado dinero para una sola persona.
Lo observé en silencio.
Después de 40 años, aquella era su explicación.
No me pidió perdón por sus mentiras.
No mencionó las noches que había pasado con otra mujer.
Ni siquiera intentó justificar cómo había utilizado a nuestro hijo para presionarme.
Simplemente consideraba injusto que yo tuviera dinero.
—Cuando pensabas dejarme con un automóvil usado y una pequeña parte de nuestros ahorros, no te preocupaba que yo tuviera suficiente —le recordé.
—Eso fue diferente.
—¿Por qué?
No encontró una respuesta.
Finalmente se levantó.
—Sebastián podría perder su empresa.
—Sebastián tiene 38 años.
—¡Es nuestro hijo!
Aquellas palabras me atravesaron el pecho.
Porque durante toda mi vida había puesto a Sebastián primero.
Cuando era pequeño y sufría ataques de asma, yo permanecía despierta junto a su cama.
Cuando quiso estudiar administración, pagué sus materiales y lo ayudé con sus primeros proyectos.
Cuando abrió la cervecería, invertimos parte de nuestros ahorros para apoyarlo.
Y cuando el negocio empezó a fracasar, fui yo quien le aconsejó buscar un socio o reducir gastos.
Sebastián me llamó pesimista.
Después acudió a Ricardo.
Mi esposo le entregó dinero sin consultarme y, cuando los problemas empeoraron, ambos decidieron que era más conveniente dejarme fuera de sus planes.
—También era nuestro hijo cuando ustedes acordaron ocultarme los movimientos bancarios —respondí.
Ricardo apartó la mirada.
—No sabes toda la historia.
—Entonces cuéntamela.
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