Para nuestro 40.º aniversario, mi esposo lo preparó todo como si fuera una celebración: champán, 50 invitados, un comedor privado y un asiento para su amante con un elegante vestido verde. Cuando anunció: “Quiero empezar de nuevo con ella”, todos se volvieron para verme derrumbarme. Yo solo acomodé la servilleta sobre mis piernas y acepté firmar su acuerdo. Él todavía no sabía que la cláusula destinada a proteger su pensión podía dejarlo fuera de una fortuna de 800 millones de pesos.
Mi esposo había organizado una humillación pública.
Sin embargo, delante de todos, el único que parecía ridículo era él.
A las 9 de la mañana siguiente nos reunimos en una notaría de Guadalajara.
Gabriela me acompañaba.
Frente a nosotras estaban Ricardo y su abogado, el licenciado Esteban Rivas.
Rivas abrió la carpeta azul.
—El convenio establece que el señor Mendoza conservará la residencia, sus cuentas de retiro y los bienes detallados en el inventario. La señora Salazar recibirá las cantidades acordadas.
Después señaló otra disposición.
—Ambos reconocen sus bienes propios y renuncian a reclamar derechos sobre el patrimonio personal que legalmente corresponda a la otra parte.
Ricardo asintió rápidamente.
Aquella cláusula había sido idea suya.
Pensaba que así protegería sus inversiones y evitaría cualquier reclamación posterior.
Lo que ignoraba era que mi abuelo me había dejado algo mucho más valioso que todas sus cuentas juntas.
Gabriela intervino.
—Antes de firmar, mi clienta desea que quede constancia de que entiende las consecuencias patrimoniales y que los bienes propios identificados en los anexos serán tratados conforme a su régimen matrimonial.
Rivas aceptó.
Ricardo estaba demasiado ansioso por terminar.
Los documentos fueron revisados y firmados para su posterior ratificación ante la autoridad competente.
Cuando el notario terminó de certificar las firmas, Ricardo soltó un suspiro de alivio.
—Por fin podemos seguir adelante.
Incluso estrechó la mano de su abogado.
Entonces Rivas pidió verificar el inventario patrimonial y los documentos complementarios.
Gabriela colocó sobre la mesa una carpeta blanca.
—Aquí están los títulos de propiedad, los antecedentes de adquisición y la documentación bancaria de un bien propio de Elena.
Ricardo soltó una carcajada.
—¿Las tierras de Zacatecas? Eso no vale nada.
Gabriela no respondió.
Extraje un estado de cuenta y lo entregué a Rivas.
El abogado examinó el documento.
Primero frunció el ceño.
Después se acomodó los lentes.
Finalmente volvió a leerlo, mucho más despacio.
—Señora Salazar… ¿esta cantidad corresponde al pago por la venta de su propiedad?
—Exactamente.
Ricardo se inclinó hacia él.
—Esteban, ¿qué sucede?
El abogado tragó saliva.
—Ricardo, necesito que veas esto.
Mi esposo tomó la hoja.
Sus ojos recorrieron los números.
Su rostro perdió completamente el color.
—No puede ser…
Miró a Gabriela, después a mí.
—¿800 millones?
Nadie respondió.
Ricardo volvió a mirar el documento.
—¿Ochocientos millones de pesos?
—Sí —contesté—. La tierra que siempre llamaste un montón de piedras.