Para mis 70 años pagué casi 150,000 pesos para reunir a toda mi familia, pero escuché a mi nuera decirle a mi hijo: “Tu madre es una viuda sola, que duerma en el suelo”. Él se rio. Yo no discutí, le dejé la recámara principal y serví la cena. A la mañana siguiente, mi abogada apareció con una carpeta que llevaba 6 meses preparando en silencio…
—Tu papá decía que eras el niño más pesado del mundo.
Daniel soltó una risa triste.
Después dejó la fotografía sobre la mesa.
—Mamá, necesito pedirte perdón por algo más.
Ella esperó.
—Cuando papá murió, empecé a tratarte como si ya no pudieras decidir por ti misma.
Pensé que, porque estabas sola, aceptarías cualquier cosa con tal de tenernos cerca.
Elena sintió un nudo en la garganta.
—Y durante un tiempo fue verdad.
Daniel cerró los ojos.
—Lo sé.
—Pero eso no significaba que no me doliera.
Él tomó su mano.
—Nunca debí permitir que Mariana te hablara así.
Y tampoco debí reírme.
Elena lo observó durante largo rato.
Finalmente apretó suavemente sus dedos.
—Podemos volver a empezar, hijo.
Pero será diferente.
—Quiero que sea diferente.
Un año después de aquel cumpleaños, Elena regresó a Puerto Morelos.
Esta vez rentó una casa más pequeña, con 3 habitaciones, y pagó únicamente lo que realmente quería gastar.
Invitó a Daniel, a Lucía, a Roberto y a 2 amigas de toda la vida.
Andrés pasó una tarde con ellos.
Mariana no asistió.
La investigación sobre la operación inmobiliaria todavía seguía su curso, aunque sus padres habían obtenido medidas judiciales para evitar que la controversia terminara en una pérdida inmediata de su vivienda.
Nadie fingía que todos los problemas estaban resueltos.
Sin embargo, aquella reunión no estuvo marcada por las deudas ni por las mentiras.
La noche anterior a su cumpleaños, Daniel ayudó a Elena a subir una pequeña maleta.
Al llegar al segundo piso, señaló la habitación principal.
—Mamá, esta es tuya.
Elena se detuvo frente a la puerta.
La terraza daba al mar.
Había una cama enorme, sábanas blancas y una tina junto a la ventana.
—¿Y ustedes dónde dormirán?
Daniel sonrió.
—Nos acomodamos perfectamente en las otras habitaciones.
Ella dejó la maleta junto a la cama.
A la mañana siguiente, se despertó antes del amanecer.
Salió a la terraza con una taza de café y contempló el Caribe.
Había pasado 48 años junto a Ernesto.
Después de perderlo, confundió durante demasiado tiempo el amor con la obligación de dar.
Creyó que, si dejaba de pagar, sus seres queridos dejarían de visitarla.