ntht/ Salí del hospital abrazando las cenizas de mi hija mientras mi esposo me decía por teléfono: “Ya gasté suficiente, deja de hacer drama”, sin saber siquiera que ella había muerto tres días antes.

PARTE 2

—No puede ser.

Alejandro se acercó a la urna como si temiera tocarla.

—Camila murió el martes por la madrugada —repetí.

—¿Por qué no me avisaste?

Solté una risa seca.

—Te llamé diecinueve veces.

Sacó su teléfono.

Su rostro cambió al ver la pantalla.

—Yo… pensé que era otra crisis.

—Era la última.

Se sentó en la cama.

—Pero yo autoricé el medicamento.

—Nunca llegó.

Alejandro levantó la cabeza.

—Lorena me confirmó el pago.

Abrí un cajón y saqué otro documento.

La demanda de divorcio.

La puse frente a él.

—Entonces pregúntale a Lorena dónde quedó el dinero. A mí ya no me interesa escuchar explicaciones.

Alejandro miró las hojas.

—¿Te quieres divorciar ahora?

—Sí.

Su dolor desapareció por un instante y regresó el hombre arrogante que yo conocía.

—¿Y cómo piensas mantenerte? Dejaste de trabajar hace años. La casa es de mi familia. Las tarjetas están a mi nombre.

Aquella frase me confirmó algo.

Después de seis años de matrimonio, Alejandro no sabía casi nada sobre mí.

Esa misma noche me fui con la urna de Camila.

No llegué a un hotel.

Llegué a un departamento en la colonia Del Valle que había comprado antes de casarme y que jamás vendí, aunque Alejandro siempre creyó que sí.

A las ocho de la mañana siguiente, el abogado Salgado llegó acompañado de su hijo.

Sobre la mesa colocaron una carpeta.

“Herrera Capital”.

Mi padre había construido durante treinta años una firma privada de inversiones.

Cuando me casé con Alejandro, congelé voluntariamente mis derechos ejecutivos porque él repetía que dos personas ambiciosas no podían formar una familia.

Mi padre murió dos años después.

Pero nunca vendió mis acciones.

—Desde las siete de esta mañana —explicó el abogado— recuperaste tus derechos de voto y la presidencia de la firma.

Luego deslizó otra carpeta hacia mí.

—Hay algo más.

Dentro aparecía el nombre de Grupo Cárdenas.

La empresa de Alejandro.

Estaba buscando desesperadamente financiamiento para una adquisición que debía evitar una crisis de liquidez.

—¿Quién controla el fondo que financiará esa operación? —pregunté.

El abogado me sostuvo la mirada.

—Herrera Capital.

Sentí un escalofrío.

Dos días después aparecí en un foro empresarial en Paseo de la Reforma.

Alejandro estaba en primera fila cuando anunciaron mi nombre como nueva presidenta ejecutiva de Herrera Capital.

Durante el receso me interceptó.

—¿Desde cuándo tienes esa empresa?

—Desde antes de conocerte.

—¿Por qué nunca me dijiste?

—Porque nunca preguntaste quién era yo antes de convertirme en la mujer que pedía permiso para comprarle medicinas a nuestra hija.

Su mandíbula se tensó.

—No metas mi compañía en nuestra separación.

—No voy a meterla.

Me acerqué.

—Voy a hacer algo peor para ti: dejar de ayudar a ocultar sus problemas.

Ordené una auditoría antes de liberar un solo peso.

Cuarenta y ocho horas después recibí un archivo.

No trataba sobre deudas ni adquisiciones.

Era el historial médico de Camila.

Había ocho pagos autorizados por Alejandro.

Ninguno había llegado al hospital.

Todos habían pasado por la misma cuenta administrativa.

La de Lorena.

Y eso apenas era el principio.